‘London Calling’: Reseña original de la RollingStone (1980)

21 Dic

Por Tom Carson – revista RollingStone (Estados Unidos) – 3 de abril de 1980.

Traducción: Lepo para RadioValvular.

A esta altura, nuestras expectativas con respecto a The Clash parecen haberse inflado más allá de cualquier posibilidad de cumplirlas. No es simplemente que sea la banda de rock más grande del mundo. De hecho, después de años de ver a demasiadas superestrellas comprometerse, desperdiciar oportunidades y venderse, ser los más grandes es casi un sinónimo de ser la última esperanza de la música. Mientras el grupo en sí se resiste a ese tipo de etiquetas, lo que sí dicen es exactamente cuan alta es la apuesta, y cuan urgente la necesidad.

Los Clash empezaron en la cresta de lo que parecía una revolución, para luego ver al movimiento punk reventar en su propio momento cumbre de violencia, o ser absorbido por la misma maquinaria de rock corporativo que se había propuesto destruir. Ahora, casi en contra de su voluntad, ellos son los únicos que quedan.

Give’em Enough Rope, la última grabación de la banda, despotricaba contra la idea de que ser los héroes del rock significaba un martirio. Pero el álbum además se presentaba tan llamativamente como un último bastión, que creó un problema casi sin solución: una vez que ya trajiste el apocalipsis a tu mente, ¿cómo podés seguir? En el nuevo LP de los Clash, London Calling, hay una composición que se llama “Death or glory”, que parece rechazar completamente el conflicto. Encima de un riff de guitarra áspero y tormentoso, la voz principal de Joe Strummer ofrenda una letanía desalentadora sobre el fracaso. Luego su colega Mick Jones, pasa al frente para poner lo que parece ser el último clavo del ataúd. “Muerte o gloria se vuelven simplemente un cuento más”, anuncia amargamente.

Pero “Death or glory” -en varios sentidos, la canción pivot de London Calling– se da vuelta a mitad de camino. Después de que el último grito angustioso de Jones queda en silencio, la música parece esparcirse desde el eco de sus palabras. Strummer reaparece, tranquilo y discreto, al principio hablando casi solo, sin importarle mucho si alguien más escucha. “Vamos a recorrer un largo camino”, suspira. “Vamos a luchar mucho tiempo”. Las guitarras, distantes como clarines en una planicie lejana, empiezan a repuntar. La batería se une en un ritmo, y Strummer lentamente junta fuerzas y autoridad para cantar:

“Tenemos que viajar por las montañas / Tenemos que viajar por los mares / Te vamos a combatir, hermano / Te vamos a combatir hasta que pierdas / ¡Vamos a generar poblemas!”

La banda vuelve a la línea de tiro, y cuando los cantantes se disparan hacia el estribillo final de “Muerte o gloria, un cuento más”, sabés lo que dicen en realidad: “¡Claro que no!”

Alegre y rudo, apasionado y grandilocuente,  London Calling celebra el romanticismo de la rebelión rockera en términos grandes y épicos. No afirma meramente el compromiso propio de los Clash hacia el rock-como-revolución. En cambio, el disco acapara todo el pasado del rock por su sonido, y cava profundamente en la leyenda, historia, política y mitología del rock, por sus imágenes y temáticas. Todo ha sido unido en un solo cuento, vasto y emocionante. Uno que, como lo cuentan los Clash, parece ser no sólo de ellos sino nuestro. Por su desprolijidad de primeras tomas y producción “guerrillera”, este combo de dos LP (que por insistencia del grupo se vende por no mucho más que el precio de uno) es música que intenta perdurar. Es tan rica y de tan largo alcance que no sólo te deja entusiasmado sino exaltado y triunfantemente vivo.

De entrada, sin embargo, sabés que la pelea va a ser dura. “London calling” abre el álbum en una nota ominosa. Cuando Strummer entra a tiempo, suena cansado, agotado, desesperado: “Se viene la Era de Hielo, el sol se acerca, se espera un colapso, el trigo crece flaco”. El resto de la canción nunca le da la espalda a esa visión de temor. En vez de eso, te lleva a través del horror y te saca por el otro lado.

El estilo heroico de los Clash puede ser sumamente romántico, incluso naif, pero su negativa total a tratar sentimentalmente su propio mito -y su determinación de vivir según un verdadero código de honor en la vida real, sin siquiera descartar las probabilidades- hace que ese romanticismo parezca no solamente valiente sino absolutamente necesario.

London Calling suena como una serie de mensajes insistentes enviados a los ejércitos aislados de la noche, profiriendo advertencias y consuelo, buen ánimo y exhortaciones a seguir adelante. Si bien empezamos en medio de la desolación del tema que da nombre al disco, terminamos, cuatro lados después, con Mick Jones lanzando una resistencia heroica en “I’m not down”, y encontrando una metáfora majestuosa en el fondo de su depresión, que lo levanta directamente del piso a él y a nosotros. “Como los rascacielos que se levantan, piso por piso, no me voy a dar por vencido”, grita Jones. Después Joe Strummer invita al público, con un guiño y una sonrisa, a “romper los asientos y rockear con este ritmo novedoso”, en la invocación alegre de “Revolution rock”.

Contra toda la brutalidad, la injusticia y las traiciones grandes y chicas que se describen canción tras canción (los fascistas hechos en serie de “Clampdown”, los ejecutivos publicitarios de “Koka Kola”, el dealer que resulta ser el único amigo del cantante, en la nerviosa e hipnótica “Hateful”), los Clash solamente pueden brindar su sentido de propósito histórico y la fe, inocencia, humor y camaredería encarnada en la banda en sí. Esto brilla por todas partes, haciendo caer los temores que el LP enfrenta una y otra vez.

Puede adquirir formas tan simples como dejar que el bajista Paul Simonon cante su propio tema “The guns of Brixton”, o algo relativamente sutil como la manera en que Strummer pasa humildemente a ser el apoyo de la voz frágil de Jones en la desolada “Lost in the supermarket”. Puede ser tan íntimo y gracioso como el momento en que Joe Strummer desinfla cualquier posibilidad de ser pretencioso en el debate de igualdad de género de “Lover’s rock”, graznando “¡Estoy muy nervioso!” cuando termina la canción. En “Four horsemen”, que suena como la banda sonora de una versión rockera de Los siete samurai, el orgullo marcial de los Clash se vuelve abiertamente exultante. Las guitarras y la batería empiezan a galopar como trueno, y cuando Strummer canta “Cuatro jinetes…”, los otros integrantes de la banda se ponen en línea para gritar animadamente: “…¡y vamos a ser nosotros!”.

London Calling es amplio y extravagante. Está tan lleno de personajes y acontecimientos como una gran novela, y las nuevas expansiones estilísticas de la banda (los vientos, el órgano, ocasionalmente el piano, el desaliento del blues, la liviandad del pop y la influencia reggae-dub que se filtra subversivamente en casi todos los temas) le agregan densidad y riqueza al sonido. “Brand new Cadillac”, un desenfrenado rockabilly  cruza con los Ventures (donde Strummer le grita a su ex-novia “¡Por dios! ¿de dónde sacaste ese Cadillac?”) se funde sin pausa con “Jimmy Jazz”, una escena callejera al estilo de Nelson Algren que renguea con la misma lentitud de su héroe, sólo un paso delante de la policía. Si “Rudie can’t fail” (el “She’s leaving home” de nuestra generación) celebra la entrada a los bajos fondos de la vida bohemia con afecto y estilo, “The card cheat” retoma lo que parece ser el mismo personaje veinte años después, que muere de un disparo en el último intento de estar “más tiempo alejado de la puerta más oscura”. Un fondo orquestal maravilloso le da a esta anécdota de las profundidades un peso sombrío que va más allá de su alcance. Al final de “The card cheat”, la canción explota de repente en una visión panorámica magnífica: “Desde la Guerra de los Cien Años hasta la de Crimea”, que convierte el pathos efímero en una tragedia permanente.

Otros temas taclean de frente a la historia, y la proclaman propiedad de los Clash. “Wrong’em Boyo” actualiza la historia de Stagger Lee en términos de reggae engreído, forjando conexiones entre la leyenda del rock and roll y el rock folklórico rebelde y politizado de la banda.

[Nota del traductor: “Stagger Lee” es una canción folk estadounidense, basada en la historia real de un proxeneta que mató a su amigo en una discusión, en 1895] 

“The right profile”, que habla sobre Montgomery Clift, cumple otro tipo de transformación. Encima de unos bronces que rebuznan con sarcasmo, Joe Strummer bromea, se burla y se ríe todo el tiempo, en un repaso cómico y horrible del colapso del actor con alcohol y pastillas, para terminar con una admiración de mala gana que se vuelve inesperada y asombrosamente emotiva. Es como si el cantante dijera: no importa lo fea y patética que haya sido la vida de Clift, a pesar de todo, él era uno de los nuestros.

Probablemente “Spanish Bombs” es la mejor canción y la más ambiciosa. Una intro elevada y clara te tira hacia adentro, y antes de que te puedas orientar, Strummer ya está a mitad de la historia. Perdido y solitario en su “disco casino”, no puede definir si los disparos que escucha están en la calle o dentro de su mente. Partes toscas en español, fragmentos de escenas de combate, guitarras tintineantes de flamenco y una melodía infantil encajan en un caleidoscopio turbulento de coraje y desilusión, guerras viejas y corrupción nueva. La evocación de la Guerra Civil Española es suntuosamente romántica: “Con trincheras llenas de poetas, el ejército harapiento, arreglando las bayonetas para combatir a la otra línea”, canta Strummer, mientras Jones aporta por detrás de él algunas notas que hieren adorable y suevemente. Acá, como en todas partes, el pasado heroico no es resucitado simplemente por nostalgia, sino que los Clash afirman que hay que aprender las lecciones del pasado antes de poder aplicarlas en el presente.

London Calling sobrevive con certeza al desafío. Con su foto de tapa granulada, su sonido inmediato, a las corridas, y canciones que se erizan con nombres y frases de los titulares de hoy, tiene tanta actualidad como un boletín. Pero el álbum además asegura que no es más que el último campo de batalla en una guerra de rock, cultura y política que sin dudas va a seguir para siempre. “Revolution rock”, la coda formal del LP, celebra las alegrías de esta lucha como un carnaval eterno. Un órgano en espiral teje círculos alrededor de la voz de Joe Strummer, mientras la sección de vientos se tambalea, se balancea y se recupera como una banda de mariachis borrachos. “Esta debe ser la salida”, dice Strummer por encima del hombro, tan lleno de júbilo por su propia buena suerte, que casi no lo puede creer. “El Clash Combo”, pronuncia arrastradamente como un padre orgulloso, yendo a media marcha, seguro de que llegó a su casa. “Casamientos, fiestas, lo que sea… y el bongo jazz es una especialidad”.

Pero Mick Jones es el que tiene la última palabra. “Train in vain” llega como un huérfano en el funeral de “Revolution rock”. Ni siquiera figura en la lista de temas, y suena borrosa, casi que se escucha de casualidad.

[Nota del traductor: Al principio la canción iba a venir de regalo con la revista de música NME, pero la idea no se concretó, por lo que la banda agregó “Train in vain” al disco a último momento, con las tapas ya impresas

El anhelo, el cariño y el arrepentimiento se mezclan en la voz de Jones, mientras trata de hacerle oir a su chica que perderla significó perder todo, pero que se las va arreglar de alguna forma. Aunque su dolor es total, su orgullo es poder cantar sobre eso. Un tema nostálgico y simple sobre el amor, la pérdida y la perseverancia, “Train in vain” parece un final raro para el himno tumultuoso de London Calling. Pero es totalmente apropiado, porque si este disco nos dice algo, es que un romance y una revolución (las pequeñas y las grandes batallas) no son tan diferentes. Son todas partes de la misma marcha larga y sangrienta.

Tapa de la revista RollingStone del 3 de abril de 1980, donde salió esta reseña.

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