“La verdadera historia de The Clash” – Libro de Pat Gilbert, Parte 1

5 Jun

El libro Passion is a Fashion: The Real Story of the Clash, del periodista inglés Pat Gilbert, es muy detallista sobre todo en el pasado de cada integrante antes de formar la banda. Según pude ver, esto está inédito en castellano.

Passion Is a Fashion se basa en más de 70 entrevistas con los protagonistas clave de la historia: plomos, productores, amigos y fans, y conversaciones con los propios Clash. Es el primer libro en dar un vistazo real a lo que pasaba detrás de escena durante los 10 años de carrera de la banda.

TRADUCCIÓN Y EDICIÓN: LEPO para Clashland y RadioValvular.


Introducción

Cuando me pidieron que aportara un texto para el compilado The Essential Clash de 2003, escribí: “Es común escuchar que los fanáticos de los Clash digan ‘la banda me cambió la vida'”. Yo sabía de qué hablaba. Ellos me cambiaron la vida.

Cuando iba a la escuela primaria, mis dos grupos favoritos eran The Clash y The Jam. Había una diferencia entre los dos. Los Jam prácticamente describían mi lugar (el sur de Inglaterra, apagado, suburbano y casi exclusivamente blanco, donde los sábados los chicos andaban en Ford Cortinas y salían con empleadas del supermercado Woolworth’s), mientras que los Clash venían de un lugar donde yo me desesperaba por estar: las calles del oeste de Londres, coloridas, arboladas y empapadas de dub. A mí me resultaban inalcanzablemente glamorosos.

Los Clash se volvieron una obsesión: eran jóvenes, rebeldes, cool, inteligentes. Tenían esa cuestión punk-reggae, pesada y conmovedora. Siempre quise averiguar quiénes eran realmente, y descubrir la realidad detrás de su fachada pública.

Con el paso de los años se publicaron algunas biografías de los Clash, pero nada considerable hasta The Last Gang in Town de Marcus Gray, de 1995. Ese libro brindaba el primer mapa de la vida temprana de los Clash, y un repaso excelente por su trayectoria, pero no cambiaba un hecho básico: nada de lo que yo había leído explicaba la peculiar y singular relación entre Joe Strummer, Mick Jones, Paul Simonon y Topper Headon. Parecía que, para un grupo de su categoría, había también una falta alarmante de detalles de lo que pasaba detrás de escena, especialmente en la segunda mitad de su trayectoria de diez años. Para mí todavía había un aire intrigante de misterio alrededor de ellos. Era como cuando Sherlock Holmes le dice a Watson que ve pero que no observa. Yo entendía lo que pasaba, pero generalmente no podía darme cuenta del porqué.

Una razón para que la verdad -o algo parecido- siguiera siendo escurridiza, era el rechazo de muchos de los confidentes del grupo a reflejar públicamente los hechos de 1976 al ’85. No era el tipo de gente -al parecer- que revelaba sus secretos fácilmente. Los biógrafos anteriores no lograron enganchar a personajes importantes como Bernie Rhodes, Kosmo Vinyl, Don Letts, Micky Foote, Robin Banks, Pennie Smith, Roadent, Caroline Coon, Bill Price y Pearl Harbour. Parecía prevalecer un pacto de silencio. Los propios Clash hablaron francamente de sus experiencias por primera vez en la película de Don Letts ‘Westway to the World’, de 1999, pero había una sensación molesta de que algunas áreas de debate seguían estando prohibidas y pasadas por alto.

Pat Gilbert – periodista, escritor, guionista inglés.

En 1991, empecé a escribir todo el tiempo sobre música. Cuando entré a la revista MOJO, en 1998, sin querer tuve acceso repentino al grupo. Ahora tenía la oportunidad de hacerles todas las preguntas que siempre me habían fastidiado. Durante los últimos seis años, entrevisté a cada uno de ellos varias veces, frecuentemente con el bonus extra del escabio (excepto con Topper, donde había té, estrictamente). Me brindaron vistazos valiosos e inesperados de sus personalidades: el humor y la firmeza de opiniones y espíritu de Paul; la compasión genuina y la caricaturesca visión de mundo de Joe; el pensamiento rápido e impredecible de Mick; la honestidad confesional y la vulnerabilidad evidente de Topper.

Una vez que tomé la decisión de escribir este libro, los amigos de la banda que nunca habían hablado oficialmente, empezaron a brindarse. El período coincidía con la muerte reciente de Joe Strummer en Navidad de 2002, que parecía haber convencido a muchos de que era hora de contar toda la historia.

Keith Levene acordó ser entrevistado, pero tres horas antes de nuestro encuentro, misteriosamente decidió que no quería hablar de su pasado. Como escritor, es práctico que la gente tenga motivaciones claras. Eso hace que el proceso de contar una historia sea más fácil. Pero descubrí que la mayoría de la gente no es tan simple. Ni la vida. Ni la historia de The Clash.

El escritor y presentador Clive James, dijo que nunca debemos juzgar negativamente a la gente a menos que estemos absolutamente seguros de que hubiéramos actuado de manera diferente en su lugar. Tal vez debamos mantener eso en mente mientras leamos este libro.

El historiador Simon Schama dijo: “La historia no se escribe para venerar a los muertos, sino para inspirar a los vivos”. La historia de los Clash sucedió, no se puede cambiar y los recuerdos de la gente se están volviendo color sepia. Y, como todas las grandes historias, tiene mucho para enseñarnos.

Pat Gilbert

Londres, agosto de 2004.

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1. El hombre del ukelele

La materia prima que evolucionó en Joe Strummer vino al mundo en Ankara, Turquía, el 21 de agosto 1952. Su nombre de pila era John Graham Mellor. La ubicación exótica de su nacimiento se debió a que su padre Ronald trabajaba de oficinista en el Ministerio de Relaciones Exteriores. En la época punk, a Joe le vivían tirando palos por el trabajo de su padre, hasta el punto que Joe le llegó a mentir a la prensa musical, diciendo que Ronald trabajaba para el menos glamoroso Archivo Nacional, que es donde estuvo recién a mediados de los ’70. En los ’50, el Ministerio de Relaciones Exteriores era, y todavía es, una de las divisiones más elitistas y esnobs del Estado. Sus empleados tienen que representar los valores más rígidos y conservadores del viejo Imperio, y su conducta personal tiene que ser irreprochable. En la historia de los Clash, la actitud hacia las clases sociales era muy importante. Los padres de Joe se encuadraban en la clase media, y ese detalle tuvo repercusiones para él toda la vida.

Ronald Mellor no era cheto ni exitoso, y su empleo consistía en enviar mensajes en código. Era hijo de un oficial británico de los ferrocarriles de Lucknow, India. Tras la muerte de su padre lo criaron unos parientes. Sus años formativos en el Imperio Británico de la India -según Joe- hicieron que Ronald fuera “más inglés que cualquier inglés”. Se esforzó por ganar una beca para ir a la universidad a mediados de los ’30, y luego fue comandante en un regimiento de artillería durante toda la Segunda Guerra Mundial. Cuando todavía estaba en la India, conoció a una enfermera divorciada que se llamaba Anne Girvan, originaria del oeste de las Tierras Altas de Escocia. Se casaron y tuvieron a su primer hijo, David, en marzo de 1951.

Poco después de que la familia se instalara en Inglaterra, Ronald -ya en el Ministerio de Relaciones Exteriores- fue trasladado a Turquía, durante la Guerra Fría. Desde chico, Joe sintió de primera mano los temblores de los problemas mundiales. Eso sería, quizás, una explicación para su fascinación con la política global. En 1954 la familia fue enviada a El Cairo (Egipto). Después, vivieron en México DF y luego en Bonn (Alemania Occidental).

En esos primeros años el joven John Mellor, se empezó a sentir un marginado, un extranjero en todas partes, incluso en Gran Bretaña.

-En México llegué a ir dos años a una escuela de habla hispana. Siempre éramos los bichos raros. Estuve en lugares muy extraños. Vi cosas muy raras de chico.

John Mellor (alias “Joe Strummer”) y su hermano David Mellor

John tenía ocho cuando finalmente se fue a vivir al Reino Unido. Mientras Londres se preparaba para una década en que iba a ser el centro del universo libertino, Ronald y su esposa compraron una casita en Walingham, un pueblito a 30 kilómetros del centro de Londres. Su tamaño modesto reflejaba los ingresos y el estilo de vida ambulante de los Mellor. Cuando su padre volvió a ser trasladado (esta vez a Irán, donde crecía el temor de que el Shah fuera derrocado por una revuelta comunista), John y su hermano mayor fueron enviados a un internado pagado por el Ministerio. La Escuela Freemen’s de la Ciudad de Londres (CLFS) quedaba en un palacete elegante, con 20 hectáreas de parque. Era una escuela privada típica, que seguía los ejemplos de la escuela pública, promoviendo el deporte, la excelencia académica, los logros individuales y la conformidad con la sociedad. Había unos cien internos, divididos prácticamente igual entre chicos y chicas.

El primer año de los chicos fue el comienzo de una sequía de nueve años, en que John y David verían a sus padres solamente una o dos veces al año. Esa experiencia le dejó a John una cicatriz muy grande y es de suponer que también a su hermano. El rito de iniciación en la escuela -según una entrevista de Joe en 1977- consistía en elegir entre que le pegaran o acostarse en una bañera con papel higiénico usado. Él eligió que le pegaran. Otros acontecimientos, como los cumpleaños, se festejaban de manera similar. A los nueve, John tenía signos tempranos de infelicidad: trató de escaparse durante un almuerzo.

John Mellor a fines de los ’50 / principios de los ’60

Fue cuando estaba en los primeros años de la CLFS, que Johnny -como le empezaron a decir- descubrió el rock. Al parecer lo chocó con la fuerza de un meteorito. En 1964, con 11 años, escuchó “Not fade away” de los Rolling Stones en una radio valvular grande, en el salón de esparcimiento de la escuela.

-Sonaba como el camino a la libertad. “¡Viví! ¡Disfrutá la vida! ¡A la mierda la contabilidad!” -le contó Joe a NME en 1988.

Su interés por la escuela se debilitó. Se volvió uno de los rebeldes del colegio.

-La música era más importante que las clases. Vivíamos hablando de eso -cuenta Ken Powell, compañero-. Cada disco nuevo de los Beatles, Dylan y los Stones era decisivo para nosotros. Eran el telón de fondo de nuestras vidas. Era una verdadera época de oro para crecer. Estábamos en una burbuja extraña y privilegiada, creando nuestro propio mundo con esa música bárbara.

Al igual que para John Lennon, otra inspiración fue la peli de 1952 ¡Viva Zapata!, con Marlon Brando, que le reavivó recuerdos borrosos de su época en México, y, a juzgar por lo que vino después, le encendió una pasión romántica por los bandidos, los cowboys y los héroes revolucionarios.

Su gusto musical no estaba limitado a los rockeros blancos. En 1965 se compró, de visita en Teherán, el EP Lo mejor de Chuck Berry, que traía una versión de “Roll over Beethoven”, una canción que conocía de un LP de los Beatles. Al darse cuenta de que la de Chuck era la original, se le abrió un área nueva: el R&B y el blues. La música negra estadounidense lo absorvió: Bo Diddley, John Lee Hooker, Bukka White, Elmore James, Sonny Terry y Brownie McGhee, Robert Johnson.

Steve Winwood de The Spencer Davis Group y Traffic, comenta:

-El blues tenía un sentimiento muy distinto al de todo lo demás. Expresaba una especie de represión que era predominante en Inglaterra en los ’60, aunque era menos obvia y más sutil que la que expresaba el blues.

En el verano de 1968, la contracultura estalló hacia las calles. Hubo disturbios y protestas por toda Europa. John lo vio por la tele del dormitorio.

-¡El mundo estaba explotando! -contó entusiasmado 30 años después- París , Vietnam, Plaza Grosvenor. Nos pareció normal porque no había otro marco de referencia.

París 1968


Era un verano maravilloso para madurar. Para John Mellor, prender el noticiero y ver anarquistas, comunistas y defensores de la Nueva Izquierda tirándole piedras a los policías, mientras que Hendrix y The Doors le gemían desde el tocadiscos de la escuela, era lo más fascinante que le había pasado en la vida. En su interior brotó una pasión revolucionaria, pero como estaba encarcelado en su dormitorio, el instinto de irse volando a Londres para tirar un par de ladrillos le quedó confinado como una bomba de tiempo.

Cuando hizo el examen final de Arte e Historia, John se dejó el pelo largo (lo más que pudo dentro de un internado) y se volvió hippie. Mientras John cada vez era más apasionado, extrovertido y loco, su hermano David era callado y tenía una tendencia a replegarse en su interior.

En 1969, Ronald volvió con Anna y se instalaron definitivamente en Surrey. Para el hijo menor, que todavía no tenía 18 años y ya conocía el sexo, las drogas y el rock and roll, fue un reencuentro incómodo. Su mundo de discos de rock, chicas y rebelión tenía poco en común con ese universo muy conservador de fiestas en embajadas. Un evento que salió en los titulares ese año, hablaba a las claras del abismo que se había formado entre padre e hijo. A Ronald lo habían nombrado Miembro de la Orden del Imperio Británico por sus servicios a la Reina y al país. Era la condecoración que había rechazado John Lennon como protesta contra la guerra de Vietnam.

En el verano de 1970, Joe aprobó los últimos exámenes en la CLFS y, sin muchas opciones, se mudó con sus padres. Tenía planeado conseguir una beca en una facultad de arte de Londres. Esas instituciones habían dado a luz a los Beatles, los Who y los Kinks. John ingresó a la Escuela Central de Arte de Southampton Row. Pero pasó algo trágico, que lo afectó profundamente y lo ensombreció toda la vida.

*

Brian Jones se había muerto; los Beatles se habían separado; Hendrix tuvo una sobredosis fatal; los conservadores volvieron al poder.

-Cuando llegué a Londres se había terminado todo -se lamentaba Joe-. Fue una lástima. Nunca pude ver a los Stones, a los Beatles, los Kinks, los Yardbirds

A principios de agosto, encontraron el cuerpo de David en Regent’s Park. Se había tomado una sobredosis gigante de aspirina. Estudiaba medicina y sufría una depresión de la que pocos estaban enterados.

-A Joe siempre le rondó el fantasma de su hermano -dice Tymon Dogg, un músico que se hizo amigo de John en la Escuela Central de Arte-. Él me contó su historia. Fue muy triste, muy traumático. Joe estaba con su padre cuando se enteraron de la muerte de David. Descubrieron que andaba en cosas raras.

Más adelante Joe reveló que las “cosas raras” eran el acercamiento al ocultismo y la política de extrema derecha. Es difícil imaginarse lo complicados que deben haber sido los meses siguientes para John y sus padres. Claramente eso no los acercó, e incluso los alejó más.

John hizo algo inesperado: se cambió el nombre. Ahora se hacía llamar “Woody” en homenaje a Woody Guthrie, el folklorista vagabundo estadounidense. La guitarra de Guthrie tenía la famosa leyenda “Esta máquina mata fascistas”, y más famosa fue la inspiración que su vida y su música le dieron al joven Bob Dylan para reinventarse como cantante folk.

Woody Guthrie

Tymon Dogg todavía se acuerda del momento preciso en que nació “Woody”.

-Estábamos sentados en el salón de la Escuela Central de Arte -sonríe-. No fue mucho después de la muerte de su hermano. Dijo “a la próxima persona que cruce esa puerta, le voy a decir ‘hola, soy Woody'”. ¡E hizo eso! Eso fue todo. De ahí en adelante pasó a ser Woody para todos.

La transformación de John a Woody fue tan próxima al suicidio de David, que es casi imposible creer que los dos hechos no estuvieran relacionados. Lo más intrigante es el nombre en sí mismo: “Woody”. De todas las denominaciones que podría haber elegido, es la única (a excepción quizás de Dylan), que expone más claramente su fantasía inexplorada de ser cantante folk, poeta o pintor, o tal vez simplemente un vagabundo bohemio sin un talento definido.

Bob Dylan 1961

En 1961, Dylan, un chico bueno de clase media, convenció a sus amigos nuevos de New York, de que era un trovador huérfano, que se había escapado para unirse a un desfile. “Woody”, de manera similar, se volvió fantasioso, confuso y evasivo con respecto a sus primeros años. Su forma de hablar se volvió más estadounidense y menos articulada, y su comportamiento normal pasó a ser medio alocado. Parecía estar construyendo un personaje hecho a medida, en base a uno de los bohemios modernos de En el camino, de Jack Kerouack.

Aunque Mellor todavía no lo sabía, la primera etapa de su evolución hacia convertirse en estrella de rock, estaba casi completa. Al igual que Dylan, lo único que tenía que hacer ahora, era aprender a componer canciones y a tocar la guitarra.

*

La casa nueva de Woody quedaba en Palmers Green, un barrio de clase media, al norte de Londres. La casa se apodaba “Altos del Vómito”. Lo proclamaba un letrero hecho a mano que generaba el disgusto del vecindario. La extensa lista de moradores incluía a amigotes nuevos como Clive Timperley y al visitante o habitante -nadie estaba seguro- Tymon Dogg.

Aunque tenía apenas 20, Tymon ya tenía una historia impresionante. En realidad se llamaba Stephen Murray y a los 17 consiguió un contrato con Pye Records, tras enviarles un demo.

-Un día estaba haciendo serigrafía en Liverpool, y al otro día estaba en el Estudio 1 de Pye con una orquesta, cruzándome con Ray Davies [de los Kinks] -se ríe.

Al año siguiente, trabajó en un disco para el sello Apple de los Beatles, codeándose con gente como el productor George Martin. Pero el proyecto fracasó y quedó cajoneado. Más adelante le dio la espalda al negocio de la música y se fue a tocar por las calles de Europa.

-Tenía 18 -explica-. Tenía un poco de plata de las discográficas, pero no mucho. Sentía que no había vivido; que solamente había salido de Liverpool y que no era suficiente. Que no me había curtido, que no tenía nada que contar. Quería ser un cantautor que dijera algo.

Al volver a Londres, en Altos del Vómito conoció a Woody, que estaba jugando al cricket invisible, posiblemente en un viaje con la droga de moda de la casa, el LSD. Lo primero que le dijo Woody fue: “me caés bien, tenés buenos modales”. Rápidamente se hicieron amigos, y quedaban atrapados en conversaciones eternas sobre las composiciones de Dylan y Buckley, y los méritos, o lo que fuera, de Leonard Cohen (“¡nos encantaba!”), Carole King, Tim Hardin y James Taylor.

-Joe era un tipo sensible -recuerda Tymon-. Era divertido y amable. ¡Tan amable que fue el único hombre al que vi perder a las pulseadas con una chica! Pero lo escondía. Creo que fue algo que aprendió en la escuela pública. Era algo defensivo. Creo que veía el mundo con ojos de historietista. Las cosas le parecían muy raras y graciosas.

Subte de Londres, años ’70.

Tymon le sugirió a Woody que lo acompañara a tocar en el Subte de Londres, y aceptó ansiosamente. Su trabajo consistía en pasar la gorra. En los descansos entre tren y tren, Tymon le enseñaba a Woody un par de canciones simples de blues y rock and roll en la guitarra. Los Stones, Elvis, Chuck Berry, The Beatles, Bo Diddley, Woody Guthrie. Finalmente, el aprendiz de músico invirtió en su propio instrumento: un ukelele de 1,99 libras [50 dólares actuales]. Su lógica era que cuatro cuerdas eran más fáciles de tocar que la guitarra.

-Le parecía que no se merecía una guitarra -dice Tymon-. Siempre tenía un costado de autodesprecio. Le parecía que no había nacido para ser músico.

-Me pasé la mayor parte de mi juventud escuchando música -explicaba Joe en ‘Westway to the World’-. En esa época parecía muy compleja. Eran los años de grandes guitarristas como Clapton y Hendrix, y parecía inalcanzable, realmente, si uno empezaba tarde como yo.

Ese verano, Woody dejó del todo el instituto de arte, harto del énfasis en la naturaleza muerta, y de los profesores “asquerosos” que perseguían a las alumnas. También había otras razones:

-Había alcohol y drogas, y al final ya tomábamos ácido, y nunca andaba ni cerca de la escuela de arte -le contó a Jon Savage [para el libro punk England’s Dreaming]-. Era una época experimental, estaba bárbara. Pero era demasiado para que un chico joven lo pudiera manejar.

Woody empezó a aprender guitarra en serio; en parte para complementar su trabajo nuevo como pintor de carteles, y en parte para avanzar con su ambición nublada de ser rockero. Tymon explica que, después de boludear con la guitarra durante unos años, su amigo zurdo empezó a agarrar la guitarra naturalmente como derecho. Él cree que eso explica el estilo único de Woody como guitarrista rítmico -y sus dedos brutos para ser primera guitarra-, ya que rasgaba con su mano más hábil.

Al poco tiempo, Woody estaba listo para ser solista: su maestro le dio rienda suelta en la estación de subte Green Park, donde tocó “Sweet Little Siexteen” de Chuck Berry (de su EP adorado) para varios cientos de personas indiferentes que cambiaban de tren para ir a trabajar. Rápidamente avanzó al “turno de los pirados”, que era cuando los borrachos salían de los pubs y su generosidad ebria, significaba que uno podía ganar hasta 5 libras por hora [unos 150 dólares actuales, en 2015]. El lado negativo era la agresión; pero Joe más adelante explicó que “de alguna manera, el hecho de estar indefenso ahí abajo, siempre te protegía”. Los límites entre la realidad y la fantasía de Woody empezaban a desdibujarse. Durante las semanas siguientes, ganó lo imprescindible para vivir entre los pasillos mugrientos y embaldosados del subte, como un cantante infiltrado, sucio e indigente. Ir a trabajar significaba echarse la guitarra al hombro y colarse en el subte para ir al centro.

En su cuarto húmedo y desarreglado de calle Ridley, Woody perseveró con su instrumento. Aprendió “Not fade away” y “Heartbreak hotel”, y una docena más de gemas viejas para tocar en la calle. Su mayor inspiración, sin embargo, le venía de su colección de discos de Bo Diddley. Los ritmos primitivos y arrastrados de Bo encajaban a la perfección con su estilo guitarrero rudimentario. Entre sus favoritos estaban “Mona (I need you baby)” y “Don’t let it go”, ambas con un solo acorde. Bo se volvió el héroe de la guitarra para Woody.

-Él me alentó a pensar que yo podía tocar -explicaba Joe-. La gente puede quedarse pensando que todo depende de la técnica, cuando en realidad la técnica no tiene nada que ver. Depende de algo mucho más fascinante e inidentificable. En la época en que él empezó, todos tocaban blues de doce compases; entonces pensó: “tengo que hacer algo distinto si quiero destacarme o conseguir algo en esta ciudad”. Así que se le ocurrió hacer algo todavía más africano que el blues: el estilo Bo Diddley. Además le enseñó a cantar a Mick Jagger. Nadie lo sabe. Para mí Jagger es un cantante bárbaro, pero cuando escuchás su acento estadounidense en las canciones, en realidad es el mismo de Bo Diddley. La gente como Bo me dio fuerza y ánimo.

En algún momento de 1972, la carrera de Woody como músico callejero quedó trunca. Según una versión que le contó a Jon Savage, el dueño de la casa donde vivían se ofendió porque había un muchacho negro. Si hubo un momento en que John Mellor se politizó, probablemente fue ése.

-Yo venía de tomar algo en el Memphis Belle -explicó Joe-. Llegué al departamento y había un patrullero afuera, y estaban tirándonos todas las cosas por la ventana. Tymon y yo habíamos encontrado a un muchacho negro en el parque, y como éramos hippies lo habíamos invitado a que viviera en nuestra casa. Apenas el administrador del inmueble se enteró de que había un negro en la casa, se empezó a quedar con los pagos. Entonces nos desalojaron. Entró como una tromba una pandilla de matones, le pegaron a todos y los tiraron afuera. El administrador le puso un par de mangos a la policía. Ahí empecé a aprender qué era la justicia y qué no.

Imagen ilustrativa de la policía londinense en 1972.

Woody tenía una copia de la Ley de Renta de 1965, y le dijo a la policía que lo que estaba sucediendo era ilegal.

-Me dijo “No me vengas a hablar a mí de la puta ley, hijito”. Hasta ese momento, yo venía haciendo las cosas por derecha. Pero de ahí en adelante, si queríamos una casa, simplemente pateábamos la puerta y entrábamos.

Un par de semanas después, mientras estaba parando en la casa de unos activistas hippies, los volvieron a desalojar ilegalmente y le rompieron todos los discos. Woody elevó el caso a la Defensoría del Pueblo del Municipio de Brent, pero lo echaron del tribunal por perder la paciencia con los estudiantes de abogacía que estaban al fondo, tomando notas seriamente como si fuera un caso legal interesante.

Entonces Joe pasó a ver su lucha en simples términos marxistas: “el sistema capitalista me cogió por el culo”. En esa época, la crueldad de los dos desalojos lo impactó de manera más personal. La destrucción violenta de sus vinilos viejos y adorados de blues, los Stones, los Beatles y Dylan, lo lastimó mucho. Para él, la música era todo.

Golpeado por la vida londinense, Woody se volvió a la comodidad remilgada y el aire fresco de la casa de campo de sus padres, que, al haber tenido poco contacto con él desde la muerte de David, parecían más que contentos con dejarlo mudarse a su pieza vieja e instalar en el cuarto de servicio su nueva adquisición: una batería usada. Con las alas listas al mismo tiempo que sus sueños de ser músico se iban haciendo realidad, Woody (o John, como insistían en llamarlo sus padres) se lamió las heridas, le pegó a los tones y se preguntó qué carajo iba a hacer.

La respuesta estaba en un romance que tenía con una chica de Cardiff. Eligió ir a visitarla a Gales y le cayó con un bolso de ropa y con la batería. Como eso no funcionó, buscó algunos viejos amigos de la escuela de arte de la cercana Newport. Ahí, Woody se hizo amigo de un estudiante que se llamaba Micky Foote y se mudó a su departamento.

Richard Frame, otro estudiante, cuenta:

-Woody era muy cautivador y carismático. La música era lo suyo. Sabíamos ir a ver muchos grupos de rockabilly, como Crazy Cavan y Shakin’ Stevens. Era como decía John Peel: los galeses nunca tuvieron un revival del rock, porque ahí nunca murió. A Woody le encantaba todo eso.

Woody también se volvió habitué de un boliche de reggae llamado The Silver Sands. Con controles policiales regulares y frecuentado por integrantes de la muy unida comunidad afro-caribeña de Newport, era uno de los mejores lugares de la ciudad para conseguir ganjah. Eso alimentó su gusto por el ska y el reggae, y sació sus deseos idealistas de coexistir con los marginales de la sociedad.

“Woody” (Joe Strummer) en Gales (1973)

Richard Frame destaca que Woody andaba siempre con un cuaderno, donde garabateaba frenéticamente cualquier cosa que lo fascinaba o lo entusiasmaba.

Alan Jones empezó a compartir departamento con Woody en la primavera de 1973. Alan, apodado “Jiver”, tocaba el bajo en una banda estudiantil, llamada The Rip-Off Park All Stars. Hacían covers de rock and roll, con un toque cursi, glam y farandulero. Woody apareció por uno de sus ensayos.

The Rip-Off Park All Stars

-Lo que hacíamos era bastante desprolijo, como mínimo, pero a él le llegaba. Me acuerdo que entraba con esos ojos de láser, que los tenía cuando algo lo entusiasmaba. Me acuerdo que se apoyaba en la pared y se echaba al piso, y nada más se quedaba ahí mirándonos.

El deseo de Woody de tocar en una banda propiamente dicha, se volvió a encender. Se dio cuenta de que los All Stars eran lo suficientemente malos como músicos, y que él podía tener una oportunidad. Cuando el grupo desapareció en el verano de 1973, Alan Jones y el guitarrista Rob Haymer armaron una banda nueva (bautizada finalmente The Vultures -los Buitres-), y le llegó el turno a Woody. En la prueba, los otros integrantes se rieron a las carcajadas por su forma de cantar, o más bien croar, sin melodía. Pero Woody los supo manipular:

-Bueno, por lo que veo, no tienen opción, porque tienen un baterista sin batería, y yo tengo batería -les explicó-. Así que en realidad no tienen elección.

Y entró.

Pentonville al 12, Newport, Gales.

El departamento de Woody y Alan, estaba en calle Pentonville al 12, cerca de la estación de trenes de Newport. Durante los meses siguientes, Jones llegó a conocer muy bien a su compañero. Según lo describe, Woody era un lunático amable, querible, a veces indescifrable, con un humor que oscilaba desde un entusiasmo salvaje por detalles pequeños (letras de canciones, frases graciosas, algo que leía en el diario), a períodos de aislamiento largos y semi-depresivos, en los que leía, hacía pinturas de cowboys e indios (su tema favorito), escribía poesía y escuchaba música.

Según Alan, el único disco que tenía Woody a esa altura, era su EP de Chuck Berry hecho bolsa, que sobrevivió todas las mudanzas y el desalojo repentino de calle Ridley. Él y Woody estaban anotados para cobrar los planes para desocupados, y vivían con 50 peniques diarios [10 dólares actuales], que le alcanzaban para una pinta de cerveza, 30 gramos de tabaco Old Holdborn y una comida caliente en algún comedor.

Tras ensayar durante varias semanas, los Vultures tocaron en vivo por primera vez en el bar del Centro de Estudiantes, a fines de 1973. Woody y Rob Haymer cantaban y tocaban la guitarra, en un set de temas viejos de rock and roll, country rock y temas de los Who y los Kinks. Fue su primera experiencia en vivo con una banda de rock. Tuvieron una media docena de presentaciones más en el mismo lugar.

-Woody mejoró muchísimo muy rápido -cuenta Jiver-. Seguía sin poder cantar afinado, pero eso no importaba, porque lo superaba con su personalidad increíblemente fuerte. Tocábamos muchos temas suaves. Nuestra última canción era “Johnny B. Goode”, que, por lo que sé, era la que él esperaba toda la noche.

Woody Mellor (Joe Strummer) 1973

Alan Jones cree que la siguiente encarnación de Woody -la que se hizo famosa en todo el mundo- nació en la última presentación de la banda. Fue en el Granary de Bristol. La fecha fue un desastre, con fallas técnicas y cuerdas cortadas. Aparentemente, unos saboteadores desafinaron las guitarras cuando el grupo paró para fumar. Como reacción a la farsa, un milico borracho se subió al escenario y empezó un striptease.

-La canción que estábamos tocando colapsó -recuerda Jiver-. Entonces Woody tomó el micro e hizo que el público cantara descontroladamente. El tipo se empezó a sacar la ropa, y Woody gritaba “¡FUERA, FUERA, FUERA!”. Yo nunca lo había visto así ni nada parecido. Simplemente parecía estar sacado completamente, en un trance total, con los ojos como acero, diciendo “¡FUERA, FUERA, FUERA!”. Probablemente el público estaba embolado con nosotros, pensando que éramos una basura, pero se enganchó. Se puso todo medio terrorífico. El público parecía salido de Nuremberg.

The Vultures en vivo – 1973

Esa noche, Woody aprendió cómo se podía manipular a las multitudes, y nunca se olvidó. También se dio cuenta de que tenía un talento natural para fascinar y controlar a la gente. El episodio había desatado algo electrizante y peligroso dentro suyo. Jiver no se asustó solamente por el público. Era la transformación de Woody sobre el escenario: “una persona totalmente distinta”.

Pero el cantante iba a tener que esperar muchos meses para poder experimentar con su talento recién descubierto. Ese invierno el grupo quedó en la nada y Woody entró a trabajar para el municipio local, cuidando las tumbas del cementerio. El trabajo le resultaba aburrido y depresivo. Era tan débil y flaco que no podía cavar las tumbas. Solamente sacar las flores muertas y los frascos de mermelada rotos. Fue el comienzo de una etapa oscura para él, en que sus sueños de ser una estrella popular parecían más remotos y ridículos que nunca. Hasta que pasó algo sorprendente.

“Woody” (Joe Strummer) trabajando en el cementerio de Newport (1973)

-Estaba sentado en mi pieza una noche -cuenta Jiver-, y Woody entró de golpe y dijo: “¡Alan, quiero grabar algo! ¡Ya!”. Puse mi casetera y me tocó una canción que había compuesto. La grabamos ahí mismo en ese momento.

Las fantasías de Woody de ser un forajido vagabundo, se avivaron a principios del verano, cuando desapareció de Newport un mes, para irse a tocar música callejera por Europa con Tymon Dogg.

Joe Strummer y Tymon Dogg, principios de los ’70

-En Amsterdam no se puede hacer música en la calle -explica Tymon-. Conseguimos un par de fechas propiamente dichas, pero no teníamos un mango, así que Joe dijo “No perdamos el tiempo, toquemos en la calle de una, y después nos metamos a ese restaurante de ahí”. Yo tocaba el violín y Joe le pidió plata a un tipo. El tipo metió la mano en el bolsillo y pensé “¡Buenísimo!”, pero sacó una credencial. Era policía y me sacó el violín. A la noche siguiente teníamos una fecha. Joe salió a garronear otro instrumento y volvió con una reliquia familiar. ¡Lo usamos para conseguir plata para pagar la multa y que me devolvieran el violín! Épocas divertidas.

Tymon y Woody tocaron en Holanda y Francia, donde los persiguió la policía. Después siguieron hasta Berlín, donde pegaron unas cuantas fechas. Woody se quería quedar, pero Tymon estaba desesperado por volverse a Londres para empezar a componer material nuevo. Woody hizo dedo hasta Newport. Su experiencia como un auténtico músico errante, en la tradición de figuras legendarias del blues, como Charley Patton y Robert Johnson, parecía haberle subido el ánimo. Simbólicamente, se cortó el pelo largo hippie, y se hizo un jopo rockabilly.

Cuando el administrador inmobiliario vino por primera vez en casi un año a cobrar el alquiler, Woody decidió que él y Newport ya no eran el uno para el otro, y se volvió picando a Londres. Era julio de 1974. Ese mes, fue al primer festival de rock de Knebworth, donde se presentaban los Allman Brothers, Van Morrison y, al fondo de la grilla, Tim Buckley. Su viejo amigo de la escuela CLFS, Ken Powell, lo reconoció dando vueltas solo entre el público.

-Paramos y nos pusimos a charlar -recuerda Ken-. Estaba puestísimo. Vi que había seguido su camino. Estaba distinto y hablaba distinto. Me di cuenta de que la conexión que teníamos ya no existía.

Woody se quedó un tiempo en el departamento de Tymon en Maida Hill, una zona muy okupada, hasta que lo enviaron a una habitación vacía de una casa cercana, en calle Walterton al 101. A unos pocos cientos de metros de la casa okupada, había una torre de viviendas municipales llamada Wilmcote House. En el piso 18, un estudiante de arte de 19 años, estaba refugiado en el departamento de su abuela, aprendiendo a tocar la guitarra solo. Woody no tenía idea de que Mick Jones le iba a cambiar el rumbo a su vida.

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