“La verdadera historia de The Clash” – Libro de Pat Gilbert, Parte 3

17 Jun

3. La cultura del bajo

TRADUCCIÓN Y EDICIÓN: LEPO para Clashland y RadioValvular.

-Empecé a pintar cuando era bebé -dice Paul Simonon-. Mi papá era pintor aficionado y yo lo seguí. Él pintaba solamente los domingos, porque el resto de la semana trabajaba. Eso fue todo. Yo iba a ser pintor y concentré todas mis energías en la pintura y el dibujo.

A principios de los ’90 Paul dejó de ganarse la vida tocando el bajo, y desde ahí se volvió a sumergir en su gran pasión pre-Clash: el arte.

-Yo no soy músico. O al menos no empecé siendo músico -dice.

*

Paul Gustave Simonon nació el 15 de diciembre de 1955 en un departamento alquilado al sur de Londres. Su madre Elaine era bibliotecaria y su padre Antony, en esa época, trabajaba en el departamento de seguridad social. No estuvo mucho en ese puesto.

Los Simonon no tenían casa propia y fija. Vivieron un tiempo en la zona de Brixton; después se mudaron a Ladbroke Grove. En 1959 se mudaron a Ramsgate, en la costa de Kent, y después a una serie de pueblos sureños. La razón de este paisaje cambiante, según Paul, fue que su padre tuvo “cien trabajos distintos”.

Antony Simonon, al igual que Ronald Mellor, era un hombre prácticamente autodidacta, “muy disciplinario”. Quería hacer carrera como pintor e ir a la escuela de arte, pero su padre tenía opiniones firmes con respecto a esas cosas tan superficiales, y le insistió en que consiguiera trabajo. A principios de los ’50 entró al Servicio Militar y lo mandaron a Kenia. La Crisis de Kenia fue uno de los peores momentos de la historia colonial británica de post-guerra, y Antony vio con sus propios ojos los métodos con que los soldados británicos reprimieron el levantamiento de los Mau Mau.

Después de probar poner una librería, el padre de Paul se volvió a instalar en Londres con su familia. Durante un tiempo, vivieron en calle Shakespeare (Brixton), una zona con mucha población negra, a la vuelta de calle Railton, el tristemente célebre “Frente de Batalla” donde frecuentemente estallaban los conflictos entre los caribeños y la policía. En esa época, aunque no se habían conocido, Paul y Mick vivían a una distancia de 20 minutos a pie.

La mayoría de los amigos de Paul eran negros. A principios de los ’60 eso era una experiencia para nada habitual para un chico blanco. Paul iba a terminar adorando la subcultura negra emergente y exuberante. Le gustaba esa música rítmica, esa energía, esos trajes y sombreros llamativos, esa comida.

A Antony le gustaba el cine y habitualmente llevaba a su hijo más grande a las matiné del Astoria (donde Paul luego tocaría con los Clash, cuando pasó a ser el Brixton Academy). Las favoritas de Paul eran los western ruidosos, las primeras de Bond, y por supuesto algo esencial para los chicos británicos: las películas bélicas.

Eran placeres culposos que dejaban marcas indelebles en la audiencia, especialmente en chicos como Joe, Mick y Paul. En el centro de esas películas había valores anticuados como el sacrificio, el heroísmo y la victoria a cualquier costo. Ideas que se filtrarían en la filosofía y el vocabulario colectivo de los Clash.

Pero Simonon, con su ojo artístico, parece haber tenido más entusiasmo por la impactante imaginería marcial de esas películas. Fue él el que creó el look casi militar de los Clash y el que reproducía imágenes poderosas de la guerra (bombarderos alemanes, punterías, camuflaje) en los telones de fondo del grupo y en las fundas de los discos. Las armas lo fascinaban.

Pero recién en 1966, tres años después de la separación de sus padres, Paul descubrió el género que se volvería su pasión cinéfila más duradera: el Western Spaghetti, las películas europeas baratas, generalmente con acento mexicano, filmadas en España e Italia, que lograron éxito internacional tras la actuación icónica de Clint Eastwood como el Hombre sin Nombre de Por un puñado de dólares.

El compañero nuevo de su madre se ganó una beca para estudiar música barroca italiana en Siena y Roma, y Paul y su hermano fueron con ellos. Para Simonon fue un viaje casi surrealista.

-Lo que más me acuerdo fue que escuché mucha música de Western Spaghetti. Uno iba a la casa de la gente y había Westerns Spaghetti bizarros en la tele. Ahí empezó mi obsesión por esas películas y la música.

A Paul lo llevaron a ver el mejor arte del mundo, y se hizo un banquete con las obras de los maestros del Renacimiento, pero la estadía no duró mucho. En diciembre de 1966 volvieron a casa. Paul cumplió 11 cruzando en ferry desde Francia. Los chicos se encontraron de nuevo en las calles grises y lluviosas del sur de Londres. Anotaron a Paul en William Penn, una escuela característicamente severa cerca del Crystal Palace. Estaba por lo menos un año atrasado en sus estudios.

Sin la mano firme de su padre, Paul se volvió cada vez más obstinado. En 1969, se volvió skinhead. Era la moda callejera que surgió del Mod, y su imagen elegante (pelo muy corto, jeans o Sta-Prest Levi’s, tiradores finos rojos), le hacía “fuck you” a los códigos lanudos, despeinados y pacíficos de los hippies.

Kevin Rowland, cantante de la banda soul de los ’80 Dexy’s Midnight Runners, era un adolescente consciente de la moda en esa época, y recibió con los brazos abiertos esa nueva tendencia. Rowland enfatiza que los skinheads escuchaban “exclusivamente reggae”.

Con el ojo de Paul para el estilo militar y su amor por la música jamaiquina, la cultura skinhead estaba hecha casi a su medida. Tenía todo el atractivo que el universo hippie no tenía: conciencia callejera, sonidos con onda, imagen ruda. También había una conexión entre los skinheads y los “rude boys” jamaiquinos, que usaban trajes con pantalones y mangas que quedaban cortos -dejando a la vista las muñecas y los tobillos-, gafas envolventes y sombreros trilby.

Los fines de semana, mientras Mick estaba en el Roundhouse sacudiendo su pelo largo, Paul y sus amigos iban al boliche Locarno de Streatham, que le proveía a los skins en edad escolar una dieta de ska, rock steady y reggae.

-Rápidamente me di cuenta de que ser skinhead no evitaba que te atacaran otros skinheads. Si eras un teddy-boy y veías a otro Ted por la calle, estaba todo bien. Las pandillas de skinheads eran violentas gratuitamente. El reggae era el telón de fondo para todo eso. Yo no compraba discos de Bluebeat; no tenía tocadiscos. Pero mis amigos sí. Íbamos a los boliches que pasaban eso. Tenía más sentido ir a los boliches, porque así se escuchaban la música en Jamaica: en sistemas de sonido, no en tocadiscos. Allá no tenían electricidad.

Al haber experimentado la libertad de no ir a la escuela en Italia, Simonon volvió a dejar las clases. No le disgustaba ir a la escuela. Simplemente “prefería no ir”. Fuera de Arte y Literatura, le parecía un plomo. Un año, ni siquiera se preocupó por asistir en toda la última etapa.

En 1970, los padres de Simonon acordaron que mejor se fuera a vivir con su padre, que alquilaba un departamento chico en calle Faraday, al fondo de la calle Portobello, en Ladbroke Grove, oeste de Londres. A la calle Faraday se la consideraba la peor del barrio.

Era una posibilidad atractiva para la primera ola de inmigrantes caribeños por las mismas razones que Brixton: habitaciones baratas, cercanía al centro de Londres, buenas comodidades, y comunidades históricas de inmigrantes.

El padre de Paul tenía un puesto de libros en el Mercado de Portobello. El lugar era, al igual que ahora, un revoltijo tumultuoso de antigüedades, libros, ropa usada, frutas y verduras, pescado y chucherías. Era muy popular para el turismo y la comunidad local de actores y músicos.

La calle Portobello, a fines de los ’60, era el lugar de moda en Londres. Paul pasó de un barrio colorido y muy multicultural a otro; y de tener vía libre, a ser prácticamente un prisionero. Su padre insistía en que hiciera las tareas domésticas -cocinar, limpiar y lavar- y que se ganara su propia plata repartiendo diarios dos veces al día: antes y después de la escuela. Paul también atendía un puesto en la punta del mercado, donde vendía velas hechas a mano.

La transición hacia el régimen riguroso y disciplinario de su padre, le causó un efecto profundo, no solamente porque se volvió más rudo, sino porque le reenfocó la mente hacia su talento como artista. El cuarto donde dormía, era el estudio de su padre.

-En las paredes había cientos de postales y páginas arrancadas de libros: obras de Vermeer, Caravaggio, Van Gogh.

El padre de Paul lo alentaba a copiar imágenes en un bloc de dibujo, para refinar sus trazos y la perspectiva.

A esa altura Antony había renunciado al catolicismo y se había unido al Partido Comunista, y reclutó a Paul para repartir bibliografía partidaria por las casas deterioradas de calle Golborne. A la noche, Paul tenía tareas hogareñas extra. Lo dejaban salir de vez en cuando para juntarse con una novia o ir al cine con su padre. Si se hacía la rata de la escuela, era solamente para pintar. De alguna forma perversa, Paul disfrutaba del régimen ascético. Más adelante notaría que la vida con su madre era “demasiado blanda”.

Calle Golborne, principio de los años ’70

-Estar con mi padre me hizo autosuficiente -afirma-. Fue difícil pero necesario. Aprendí el valor del esfuerzo.

Ocasionalmente, lograba escaparse de los grilletes de su padre y salía con sus amigos de la escuela. Iban a fiestas de blues, donde se mezclaban el reggae y la marihuana. Paul se volvió parte de la movida local: multitudes trasnochadas en las veredas, pandillas agrupadas alrededor de sus vehículos destartalados, y el sonido del reggae y el dub retumbando desde las ventanas abiertas de las casas.

Gracias a las clases particulares con su padre -y a la ayuda de un profesor compasivo que “prácticamente escribía las respuestas en el pizarrón”-, logró aprobar dos exámenes finales; uno de los cuales era de arte, por supuesto. El otro era de literatura.

Tras salir de la secundaria, Simonon se concentró en armar un portfolio para ingresar a la escuela de arte, mientras trabajaba temporalmente cargando alfombras en la tienda John Lewis.

Seguía las tendencias callejeras, y pasó del corte skinhead a un estilo lacio, y después a un corte casi hasta el hombro, que puso a la moda Adam Faith en la serie de 1972 Budgie, donde hacía de ladrón de poca monta.

En 1973, el esfuerzo de Paul dio sus frutos y se ganó una beca para la escuela de arte Byam Shaw, en calle Campden, en Notting Hill Gate. Era un lugar muy activo, con muchos estudiantes extranjeros: libaneses, italianos, sudaneses, suecos, franceses, keniatas. También había chicas chetas. Paul se sentía fuera de lugar.

Escuela de Arte Byam Shaw

Ser un artista con calle, era parte del atractivo de Paul en la época punk. Pero eso no encajaba necesariamente con la vida de Byam Shaw. Su combinación poco habitual de características (talentoso pero tosco, inteligente pero callado, pillo y sin educación), no siempre era apreciada, especialmente en un país que prefería que los varones creativos encajaran en los modelos tradicionales de Kingsley Amis, Bacon, Bailey o Hockney: aristocráticos, borrachos, atrevidos o místicos.

Los tres años que duró fueron frustrantes.
-En un año me desilusioné por completo con todo el procedimiento -dice-. Así que empecé a payasear y me dijeron que tenía que hacer el ingreso de nuevo. A muchos profesores les gustaba el arte abstracto estadounidense. A mí me gustaba el arte figurativo. Mi padre me había enseñado a pintar usando los métodos tradicionales de Leonardo, con veladuras, etc. Es un proceso laborioso, donde hacer una sola pintura lleva dos años. A los otros alumnos mis pinturas les parecían bárbaras, pero los profesores me tomaban el pelo.

Pero en la primavera de 1976 conoció a otro estudiante de arte que estudiaba más o menos a un kilómetro y medio, en Shepherds Bush. Mick Jones tenía poco interés en ser un artista serio, pero estaba decidido a ser una estrella popular.

 

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