“La verdadera historia de The Clash” – Libro de Pat Gilbert, Parte 5.1

1 Jul

5. Los pibes están bien

TRADUCCIÓN Y EDICIÓN: LEPO para Clashland y RadioValvular.

El 100 Club nació en los ’30, como un restaurante llamado Mack’s. Estaba en el sótano de calle Oxford al 100, en la frontera norte del Soho. Durante la Segunda Guerra Mundial, Mack’s empezó a presentar jazz en vivo, y se volvió el lugar favorito de los soldados estadounidenses de franco en la capital. Durante los ataques aéreos todos se quedaban ahí, sabiendo que este bunker subterráneo era tan seguro como la mayoría de los refugios antiaéreos del barrio. Victor Feldman, un jazzista inglés, manejaba el boliche.

El 20 y el 21 de septiembre de 1976, el 100 Club presentó el legendario Especial Punk, normalmente denominado “Festival Punk”. El evento estaba organizado por McLaren y Rhodes, para promocionar sus respectivos grupos, con la intención de crear una guerra de ofertas de las compañías discográficas. La grilla hacía énfasis en la jerarquía elitista del punk. La primera noche presentaba a los Sex Pistols y a los Clash, más dos grupos formados para la ocasión por amigos y seguidores de los Pistols: Siouxie and the Banshees y Subway Sect. La segunda noche tenía a los rústicos, a los del montón y otras distracciones: los Buzzcocks, los Damned, Chris Spedding con los Vibrators, y el grupo francés Stinky Toys.

El Festival Punk pasó a la leyenda popular: las bandas estaban erizadas de odio hacia el mundo exterior y entre ellas. Sid Vicious -en ese momento baterista de los Banshees- le tiró un vaso a los Damned, que se reventó contra un pilar y le lastimó el ojo a una chica. El incidente fortaleció la asociación entre punk y violencia casual. Sid, convencido de su propia inocencia, fue detenido y acusado. La primera noche hubo un alboroto cuando Bernie se negó a permitir que los Banshees usaran el backline de los Clash (pintado de un rosa fluorescente exquisito) porque Siouxie insistió en usar un brazalete con la esvástica. Sid, cuya idiotez teatral al parecer le permitía salirse con la suya siempre, contraatacó en vivo diciéndole a Bernie “viejo judío de mierda”.

La actuación de los Clash (la primera como cuarteto) sufrió de problemas de sonido persistentes, pero sin Keith Levene, ganaron de repente una simetría visual vigorizante. Era el debut de la línea frontal con tres hombres: los flacos y angulosos Simonon y Jones tiraban fantasías y saltaban a cada costado del radiante y neumático Joe. Las grabaciones piratas del reci revelan varias transformaciones clave en su música: muchas canciones inferiores de la primera época quedaron afuera y el material restante es interpretado de una manera más dura y rápida. Líricamente, hay una búsqueda de un impulso más político: se estrena “White riot” y se crea el antihéroe de “Janie Jones”, al cambiar la frase principal “estoy enamorado del rock and roll” por “él está enamorado del rock and roll”.

De una manera similar, “I’m so bored with the USA” (Estoy muy aburrido de los Estados Unidos), había nacido como “I’m so bored with you” (Estoy muy aburrido de vos). Como explica Mick en Westway to the World:
-Joe sugirió que la convirtiéramos en “I’m so bored with the USA”. Inmediatamente pasó a ser otra cosa: una canción sobre la americanización de Inglaterra. Aunque nos habíamos criado con la tele estadounidense, siempre decíamos que acá había demasiados McDonald’s, demasiada influencia estadounidense. De eso hablaba la canción.

Dave Goodman, sonidista de los Pistols, recuerda:

-Los Clash estuvieron bárbaros. Bien ensayados. Yo les afiné las guitarras en la prueba de sonido. El toque de Simonon era muy apasionado. Mejoró muy rápido.

Goodman también recuerda un acontecimiento que intensificó el rol de los Clash como comentaristas sociales (aunque ahora las grabaciones piratas confirman que esto en realidad pasó en otro show):
-A mitad del set, a Mick Jones se le cortó una cuerda, así que Joe sacó una radiecita a transistores y la puso al micro. Los conductores estaban debatiendo sobre terrorismo. Le puse un poco de delay y sonó muy bien. Parecía que sabíamos lo que estábamos haciendo.

La semana del Festival Punk fue importante para los Clash por otra razón: dieron su primera entrevista larga. Tres meses antes, un empleado bancario llamado Mark Perry, empezó con un fanzine llamado Sniffin’ Glue. Su inspiración eran las publicaciones caseras de blues y rock de esa época, y el fanzine pionero de música de los ’60, Bam Balam de Brian Hogg. La primera edición tenía un artículo sobre los shows de los Ramones y los Flamin’ Groovies en Camden, más Blue Öyster Cult, Doctors of Madness y The Brats. Escrito a mano, tendencioso y fotocopiado, ya en la segunda edición se había vuelto un defensor entusiasta de la escena punk naciente. La entrevista de Sniffin’ Glue fue realizada por Steve Walsh, un estudiante de arte amigo de Perry. Mark lo acompañó, transcribió la grabación de la entrevista y editó el artículo que apareció en la tercera edición, a comienzos de octubre.

La discusión siguiente marcó el tono de todas las entrevistas de los Clash de ese año: polémico y combativo, pero con ingenio y humor. También le iba a proveer a sus críticos de toda la munición que iban a necesitar para ametrallarlos más adelante. El catecismo perforador de Bernie había fusionado las ideas de los Clash en algo que se aproximaba a una ideología cohesionada. Aunque la politización de su música estaba en pañales, estaba claro que los asuntos de los que hablarían en su primer disco ocupaban un lugar primordial para ellos.

El tema principal era que la gente estaba desinformada, y les parecía que el rol de los Clash era educarlos sobre lo que estaba pasando realmente. Mick enfatiza que el grupo se preocupa por la política callejera. Dice que su inspiración está “ahí afuera”, haciendo un gesto hacia la ventana. Explican que además el grupo es anti-hedonista. Que están a favor del cambio y de la creatividad. Según Mick, la gente se volvió apática y aburrida. Las bandas que simplemente la pasan bien (nombran a los Damned como ejemplo), “¡sacan a pasear al público y le dan de comer mierda!”. Joe considera que “la situación es demasiado seria como para pasarla bien”. Y agregan que si los Clash consiguen algo de plata, “van a armar algo inmediatamente”, refiriéndose a armar eventos y a crear lugares nuevos para las bandas.

A pesar de toda su voluntad de promover la causa del grupo, Mark Perry mantuvo un escepticismo sano:
-Yo era cínico. Alguien salido de Deptford no se cree todas esas frases viejas. Era como que nos estaban tomando el pelo. Yo era realmente de clase trabajadora. Deptford era uno de los lugares más extremos de Londres; famoso por ser pesado. Uno mira a la gente y sabe si es dura o no. La gente como Mick no es dura, y está bien, pero cuando alguien trata de ponerse en esa postura, no tiene sentido. Pero al mismo tiempo, uno no quería arruinarles todo. Nunca tuvimos esa mentalidad de “¡hay que revelar la verdad!”. Éramos parte de eso, queríamos apoyarlo. No lo queríamos hacer volar por los aires. Yo estaba ahí para aportar. ‘Sniffin’ Glue’ era muy crítica, pero de todas formas yo quería apoyar lo que significaba el punk para mí. Los Clash eran de nuestro bando. Lo último que quería hacer era ponerles palos en las ruedas.

Paul Simonon no dijo nada. A Perry le pareció “poco elocuente para transmitir ideas. Muy callado, muy agradable”.

Es notorio que Terry Chimes no fue invitado a participar en la entrevista con Sniffin’ Glue. Había una razón. Desde el nacimiento del grupo, él era el integrante menos interesado en la inclinación ideológica de los Clash. Decía abiertamente que no le gustaba el modus operandi de Bernie. Para Terry, los Clash eran simplemente un vehículo para avanzar hacia su meta de ser estrella pop. Bernie se aseguraba de que la información que saliera del grupo estuviera manejada cuidadosamente. Darle opinión al disidente Chimes era un suicidio.

-Yo no sabía qué quería Bernie -dice Chimes-. Parecía una persona muy peculiar, con ideas raras. Yo no confiaba en él. Discutí con él desde el día en que lo conocí. Bernie hubiera sido un buen político: daba vuelta las cosas. Si yo lo cuestionaba, él cuestionaba mi compromiso. Entonces hacía que los demás se pusieran contra mí, y eso me hartó.

Sin embargo, Chimes acepta que la forma de trabajar de Rhodes era “necesaria” y que “funcionaba”.

-Bernie era bárbaro para nosotros -concuerda Simonon-. ¿Te imaginás que un grupo actual se siente a debatir sobre política? ¿Por qué estás en el grupo? ¿Cuál es tu objetivo? ¿Qué querés lograr con esto? Debería haber más Bernies.

Cuatro meses después de la mudanza a Rehearsals, el clima seguía siendo áspero, paranoico, punzante y severo. Pero también era creativo y vibrante. Era obligatorio asistir todos los días. A Paul, que ahora dormía en un colchón viejo en la oficina de arriba, se lo podía ver frecuentemente dándole toques a su mural o tuneando su ropa con salpicaduras de pintura, en el patio. También mataba el tiempo durante las tardes frescas de fines del verano tocando arriba del LP debut de los Ramones y singles viejos de reggae y ska, como “Train to Skaville” de los Ethiopians, “Hit the road Jack” de Big Youth, “Dancing shoes”/”Don’t look back” de Bob Marley, “The Israelites” de Desmond Dekker, y “Wrong ‘em Boyo” de los Rulers . Los singles estaban puestos en una rocola robada a Star Entertainment, una empresa de juegos de uno de los amigos de Bernie.

-Paul era el más joven y posiblemente el más fachero -dice Micky Foote-. Se sentaba ahí a romperse el culo para aprender sus partes de bajo. Era su obligación. Los otros no iban a tenerlo de obstáculo. Lo machacaban implacable y despiadadamente si no le salía bien.

Después del Festival Punk, los Clash salieron de abajo del ala de los Pistols para cerrar sus propias fechas y telonear a otras bandas.

Al ver hacia atrás con el prisma defectuoso de la historia, es fácil imaginarse que el Festival Punk emitió ondas de energía al resto del país. Pero la verdad que no. En el otoño de 1976, los Clash seguían siendo una islita secreta de música. Es probable que menos de mil personas los hayan visto tocar. Jon Savage y Mark Perry calculan que en el punk había 100 o 200 fans comprometidos. Muy poca gente, fuera de Londres, había experimentado la movida de primera mano. Pero en la capital estaba tomando impulso.

-Estábamos empezando a llevar mucha gente -explica Micky Foote-. Cuando entrábamos al salón, la gente ya estaba antes de que subiéramos. Había tensión; había un clima chispeante. La gente estaba ahí; lo deseaba. No era que habían entrado a tomar cerveza y comer papas fritas.

En su fecha como banda principal en el ICA, el 23 de octubre, titulada “Una Noche de Energía Pura”, Patti Smith, a quien el grupo había visto la noche anterior en el Hammersmith Odeon, dio muestras de apoyo subiéndose al escenario a bailar. Después se llevó a Paul a Birmingham, donde los Clash tenían que tocar la noche siguiente. Un par de semanas después, le mandó un regalo: un flamante bajo Rickenbacker estéreo. A esa altura, Paul tal vez hubiera preferido plata en efectivo: para la fecha del ICA, Simonon pegó algunos afiches y después se devoró el engrudo sobrante, del hambre que tenía. Para evadir a la autoridad no quería registrarse para cobrar los planes para desempleados.

Mientras, los Clash estaban haciéndose tanto amigos como enemigos. El punk era visto (acertadamente) como algo amenazante. En particular, dos fechas dejaron clara la incomodidad subcultural que causaban los Clash y los Pistols: la primera fue en el Centro de Estudiantes de la Universidad de Londres, el 16 de octubre. El grupo tenía que tocar con Shakin’ Stevens and the Sunsets, uno de los rockeros favoritos de Joe en Newport. El público de Shakin’ Stevens eran en su mayoría Teddy Boys. A mediados de los ’70, la cultura Teddy Boy era tribal, cervecera, violenta, totalmente obrera y altamente conservadora. Muchos Teds eran hombres maduros que crecieron en los ’50, con el rock n’ roll. Frecuentemente, sus hijos también entraban a la cultura Ted, como si fuera una tradición familiar.

Teddy boys – Londres, 1976. © Chris Steele-Perkins/Magnum Photos

En 1976, las tensiones entre los Rockers (que preferían las camperas de cuero y a Gene Vincent) y los Teds (sacos y Elvis), entró en erupción en una fecha suspendida de Bill Haley en Londres. Hubo una paliza enorme y cantidades de víctimas. A ese mundo entraron los Clash con sus camisas pintadas, con el pelo teñido y puntiagudo y su punk tartamudo. Eran claramente de una tribu diferente.

Mark Perry estaba entre el público. Recuerda:
-No había nadie de la escena punk, en absoluto. Estaba en el camarín y a Mick le había dado un cabezazo un Teddy Boy, y tenía la nariz cortada.

-Había mucha agresión -recuerda Sebastian Conran, diseñador allegado a los Clash-. Yo estaba en el backstage y había gente que trataba de pelear y tironeaba los cables durante la actuación.

Mark Perry cuenta:
-¿Cuál fue la reacción de la banda? Estaban asustados. Los Clash nunca fueron tipos duros, ¿no? En cierta forma eran músicos pop. Pero ¿quién no se hubiera asustado? Los Teds eran huesos muy duros de roer.

Sin embargo, Terry Chimes -posiblemente el integrante menos interesado en idealizar los enfrentamientos físicos de los Clash de ese periodo- afirma inflexiblemente que los Clash se la bancaron:
-Ninguno de nosotros se replegó jamás ante la agresión externa -dice enfáticamente.

La actitud hermética y provocativa del punk volvió a salir a la luz en una fecha en el Instituto Real de Arte (RCA), el 5 de noviembre. El show se tituló “Una Noche de Traición”.

-Había un montón de estudiantes provocando -dice Perry-. Pelilargos bastante agresivos hacia el grupo. Había un tipo molestando, entonces Sid Vicious saltó del escenario y lo invitó a pelear. Después del show, Joe, con su nueva personalidad punk, buscó al agresor con Sid y lo trompeó.

Sid Vicious en ‘The Clash, A Night of Treason, Royal College of Art’, 1976. foto de John Ingham

Más o menos en esa época, Terry Chimes se dio cuenta que los Clash no eran el grupo para él. Quería una vida más sencilla. Lejos de alegrarse con la noticia de su partida, Rhodes se encolerizó, al igual que el resto de la banda.

-Cuando me fui, pensé que Bernie iba a estar contento, pero no -se ríe Chimes-. Me dijo: “vos sos el contrapunto. Cuando a ellos se les ocurre algo, vos decís lo que diría la gente común o la prensa. Los enfrentás inmediatamente con un argumento racional. Si te superan a vos, pueden pasarle por encima a todo el mundo”. Él veía así mi rol. Yo tenía solamente 19 años, así que no me daba cuenta.

Chimes no tambaleaba. Iba a cumplir con las fechas de noviembre y después se iba a ir. Tras su partida, con su estilo ya típico, el grupo lo acusó y diseminó una historia de que Terry se quiso ir cuando le estalló una botella de vino contra un platillo. Se daba a entender que no tenía agallas para aceptar la misión de los Clash. La verdad era que no soportaba las maquinaciones politizadas de Bernie y el clima permanentemente tenso del grupo.

Terry Chimes en The Clash. Evento ‘A Night of Treason’, Royal College of Art, 1976. foto de John Ingham

-Estaba incómodo -explica Terry-. ¿Cuál es el punto de estar en una banda si no soy feliz? Era muchísimo esfuerzo y había mucho rigor y presión sobre nosotros. Nada más quería que me pagaran por tocar la batería. Pensé “quiero ser una estrella de rock y pasarla bien”. Y ellos me detestaron, por supuesto.

-Fue muy honesto, pero simplemente no entendió que estábamos tratando de ver si se podía forjar algo nuevo -dijo Joe en 1991.

Antes de irse, Chimes tocó en el primer demo serio del grupo, grabado para Polydor, en noviembre. Desde que los Pistols habían firmado para EMI, el 8 de octubre, los Clash eran el principal foco para los cazatalentos de la empresa. Eran el segundo grupo punk más importante. Su esfuerzo estaba dando frutos. Parecía inevitable que entraran a un sello grande al igual que los Pistols. El productor de las grabaciones para Polydor, elegido por Bernie, no era otro que Guy Stevens, el volátil mentor de Mott the Hoople, que había echado a Mick de Little Queenie hacía menos de un año y medio.

Guy Stevens y Mick Jones, 1976.

A Stevens se lo consideraba perfecto para este trabajo. Era un marginal de la industria, un salvaje inconformista, intenso e incontrolable, impulsado por la pasión. Exempleado de la aseguradora Lloyd’s de Londres, se escapó de la rutina laboral para tener un estilo de vida rockero, antes de que eso existiera. Su currículum era impecable: escribió la nota al margen del EP de Chuck Berry adorado por Joe; hizo que los Who y los Small Faces tocaran R&B; grabó a Jerry Lee Lewis y a Mott; estuvo preso por cocaína a fines de los ’60. Guy era una conexión viviente a la contracultura de los ’60, tan valorada por los Clash. Era la energía del Mod concentrada, sin diluir por los grandes éxitos ni las riquezas, aunque claramente estaba dañado por los hechos de la década anterior.

Los Clash fueron invitados a conocerlo. Fueron a su departamento, arriba de una concesionaria de Rolls-Royce. Se sorprendieron con lo que encontraron. Guy, colorado, casi pelado y barbudo, no estaba en muy buen estado. Desde que Mick trabajó con él, su alcoholismo había empeorado.

Guy era entusiasta y entretenido. Nunca había escuchado The Clash, pero ya los “adoraba”. Si Mick tenía algún resentimiento, realmente no lo hizo notar. Todavía sentía que tenía mucho que mostrarle al ex-mentor de su grupo favorito.

-Creo que no se acordaba de mí -dice Jones.

Los Clash grabaron cinco canciones (“Career opportunities”, “White riot”, “Janie Jones”, “London’s burning” y “1977”), en una sesión supervisada por el cazatalentos de Polydor, Chris Parry, y el sonidista Vic Smith, la dupla que después iba a producir a The Jam. Pero su método acelerado -grabar rápidamente la música en la cinta, bajo la dirección vivaz de Guy, sin demasiados arreglos, coros ni efectos-, produjo un resultado decepcionante. Mick cree que Guy no tuvo la oportunidad de convertir el demo en la “gran obra” que él quería. “No supieron trabajar con él”, explicó.

-Era un pirado, pero no capturó realmente la locura de los Clash -dice Roadent-. Quedó muy plano, sin dinámica. Sonaba muerto. El grupo lo notó. Lo escucharon después y ninguno se entusiasmó. Fue como que dijeron “¿eso es todo?”. Ninguno estaba contento. La discográfica coincidió en que la sesión no fue muy buena. Guy era el ídolo de Mick, y lo tuvo que admitir: “Bueno, no le salió tan bien”.

Las grabaciones subrayan la falla de Stevens al trasladar a la cinta el sonido jugoso de los Clash en vivo. Carecen de sofisticación sonora, profundidad y resonancia. El talento de Guy para canalizar la magia de los ’60 hacia el punk, había fallado estrepitosamente, al menos en ese momento.

No hubo tiempo para otra sesión. En dos semanas, los Clash se iban a embarcar en su primera gira nacional como teloneros de los Pistols, y no tenían baterista fijo.

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