“La verdadera historia de The Clash” – Libro de Pat Gilbert, Parte 12.1

8 Mar

TRADUCCIÓN Y EDICIÓN: LEPO para Clashland y RadioValvular.

12. El principio del ocaso

La aproximación para que los Clash telonearan a los Who, llegó de parte del representante estadounidense que tenían en común los grupos. La llamada fue por petición de Pete Townshend.

-Yo era muy fan; por eso entraron a la gira -dice-. Y ya que estamos: a esa gira la odié.

Hubo charlas indefinidas sobre que en esas fechas, Topper iba a reemplazar al baterista de los Who, Kenney Jones. Los amigos de Headon (incluyendo a Johnny Green y a Robin Banks), insisten en que Townshend sí lo buscó. Townshend admite que “es posible”. Pero el estado de Topper (recientemente multado por robarse el letrero de una parada de colectivo), causó que no se hiciera realidad la posibilidad paradójica de que los Clash telonearan a su baterista despedido recientemente.

Los Who no eran los primeros gigantes de los ’60 que le pedían a los Clash que los telonearan. El año anterior, hubo un debate sobre una actuación del grupo con los Rolling Stones en Los Angeles. Esta idea se apagó cuando los Clash pidieron una facturación equitativa. La idea de Kosmo era promocionarla como un combate de boxeo: una pelea entre los aspirantes jóvenes y los campeones reinantes. “Combate” era una forma común de publicitar las fechas en Jamaica. Los managers de los Stones dijeron que no les gustaba la idea y los planes se cayeron.

Una gira con los Who era una propuesta atractiva. Hubo repercusiones simbólicas: un gran grupo de Londres Oeste cediéndole el poder a otro. Kosmo describe la idea como “el traspaso del bastón”. La grilla también le daba cierre a un extraño paralelismo entre ambas bandas: la primera guitarra de Joe, la sala de ensayo de Schoolgirl [que luego fue comprada por los Who], la fijación de Paul por Townshend, la supuesta participación de Bob Pridden en los demos de Vanilla…

Pero la posibilidad de tocar en estadios grandes estadounidenses representaba dificultades ideológicas enormes para los Clash. El grupo siempre había preferido la intimidad relativa de las salas medianas. Esta filosofía de poder verse y comunicarse con su público estaba detrás de sus residencias semanales en salas relativamente humildes, como Bond’s y el Lyceum. Además, en el pasado los Clash habían expresado públicamente su desagrado hacia los shows de rock en estadios, porque representaban el negocio más cínico y capitalista: entradas con sobreprecio, pésima visión del escenario, un sonido de mierda, hamburguesas y gaseosas caras. ¿No era eso lo que el punk se había propuesto destruir? Pero había algo más: ¿Los Clash iban a tocar en el Estadio Shea, como los Beatles?

La decisión de sumarse no fue tomada a la ligera. De hecho, significó un cambio total en la forma de pensar de la banda. Fue el principio de la comprensión de que si el grupo crecía más -que en términos clasheros era “llegar a más gente”, en vez de “vender más discos” (y creo que ellos lo sentían honestamente así)- iban a tener que tirar por la borda algunas ideas basadas en el punk.

-Algo que Bernard me inculcó -explica Kosmo-, y es algo clave, es que si realmente vas a competir, competí. Y significa que tenés que sacarte esas nociones, no tontas, pero utópicas. En un momento nos hicimos internacionales. Lo de Estados Unidos era lo de Estados Unidos, y sabíamos que lo que aplicaba ahí no aplicaba en nuestro país. Telonear a los Who era una oportunidad para avanzar y decidimos tomarla. Capaz que solamente pensamos “Bárbaro. Ligamos medio millón de fans de los Who”.

Bernard Rhodes y Kosmo Vinyl, manager y RRPP de los Clash respectivamente.

La nueva forma de pensar implicaba justificaciones engañosas. Las “nociones utópicas” que tenían que abandonar los Clash, incluían claramente la de tocar en donde los pudieran ver y escuchar bien. Esto iba en contra de uno de sus principios más cuidados: tratar al público como si fueran amigos.

La ideología de los Clash nuevamente se estaba deformando. Le pregunto a Kosmo cuáles piensa que eran los valores de los Clash en esa época:

-La verdad y la justicia, supongo -responde-. No perdás tiempo con Van Halen. Hay otro mundo. Desde el principio dijimos que estábamos en contra del racismo, a favor de la creatividad, en contra de la ignorancia. Nos parecía que nuestras canciones y nuestro entretenimiento tenían que tener contenido e información. Tenían que tener integridad. Creo que nada de eso cambió. Bernard estaba interesado en cambiar toda la cultura. No tenés por qué tener ropa, bandas y música de mierda. Todo tendría que ser bárbaro, fantástico, fascinante. Y creíamos en eso. Con nuestra épica pensábamos que realmente lo podíamos lograr. Personalmente, no me gustaban esos shows de estadios, y no me gustaban los festivales. Pero no dependía de preferencias personales. Era algo más grande.

¿Y la plata?
-Hubo buena plata con los shows con los Who -dice-. Pero esa nunca fue la cuestión.

La gira empezó el 25 de septiembre en el Estadio JFK de Philadelphia. Entre medio de las fechas con los Who, los Clash programaron presentaciones más chicas en campus universitarios, incluyendo el de la Estatal de Kent, en Ohio, el lugar del asesinato tristemente célebre de cuatro manifestantes antibélicos en manos de la Gendarmería Nacional, en 1970.

Las fechas principales, en el Estadio Shea de New York, el 12 y 13 de octubre, coincidieron con el lanzamiento de “Rock the Casbah” como single en EE.UU. Le pidieron a Don Letts que hiciera unas tomas en los recis del Shea, que terminaron en un video promocional tardío de “Should I stay or should I go”. Según Kosmo, los Clash estaban perplejos por la forma en que funcionaban los Who fuera del escenario: como cuatro individuos separados; cada uno con su propio transporte, trailer y personal. Como si no soportaran estar juntos. Les dejó una profunda impresión. Según Kosmo era como “una visión horrible de cómo podían terminar los Clash”.

Por lo tanto, los Clash decidieron ir juntos al estadio. La idea original era que Joe, Mick, Paul y Terry aparecieran en un taxi amarillo cuadriculado, pero Don tenía ganas de filmar la reacción del grupo viajando hacia el evento. En consecuencia, convenció a Kosmo de alquilar un Cadillac blanco descapotado. Lo que algunos críticos tomaron como un símbolo de la degeneración de los Clash, al parecer, era en realidad un intento de comunicar su fraternidad como banda.

El mero tamaño del Estadio Shea era algo de admirar. La cancha de baseball había sido construida en 1964 y fue famosa por albergar recitales de los Beatles en el ’65 y el ’66. Quedaba cerca del aeropuerto La Guardia, directamente debajo de una ruta aérea ruidosa. Su capacidad era de alrededor de 60 mil personas.

Los Clash tenían estipulado subir al escenario a las 8 de la noche, después de David Johansen. Se ubicaron en su camarín. Había mucho personal de seguridad alrededor de la banda principal.

David Johansen junto a los Clash en el backstage del Estadio Shea.

-Me acuerdo que teníamos que estar al menos a 10 metros de los Who -recuerda Don Letts-. No los alcanzabas a ver. Me acuerdo que tampoco permitían que los Clash tuvieran el mismo volumen que ellos.

Digby Cleaver dice:
-Barry [Baker] y yo cargamos los equipos a un rincón al fondo del escenario. Nos dijeron que nos paráramos ahí con las cosas y que no nos moviéramos. Estaban empezando a dejar entrar la gente. Había miles. Eran puntitos a la distancia. Le dije “Barry, ¿vos empezaste a trabajar empujando cajas para llegar a esto?”. Era muy estresante. Era octubre, y yo trabajaba en cuero. Hacía mucho calor. Era un estado de frenesí intenso. Teníamos solamente 20 minutos. Lo terrible de esos shows enormes en Estados Unidos, es que hay que pagar tantos sindicatos, multas y errores, que si te pasás cinco minutos te va a costar unos 75 mil dólares. Así que teníamos que trabajar al límite, y lo hicimos.

Los Clash hicieron sus rituales en el backstage. Joe prohibió fumar en el camarín veinte minutos antes de la presentación del grupo. Ray Jordan aplicó la “protección de rasguido” de Joe, hecha de toalla y cinta adhesiva, para protegerle la muñeca de que se lastimara con las cuerdas. La bebida previa al reci era un toc-toc de vodka.

Kit Buckler de la CBS había viajado en avión a ver los shows.
-Estuve un par de días antes -dice-. Fue fascinante, pero el día, en sí, me pareció bastante oscuro. Me acuerdo que en el camarín no se hablaban. Obviamente estaban nerviosos. Era un reci gigante. Pero había cierto clima. Había pasado algo. El ánimo era tan incómodo, que me fui a buscar una cerveza por ahí.

Las presentaciones propiamente dichas fueron fantásticas. Las tomas de “Should I stay or should I go?” muestran a Joe con un gorro de piel tipo Daniel Boone y gafas Ray-Ban, dándole a la pierna eléctrica, mientras Paul y Mick saltan por el escenario con gorros militares. Parecían una pandilla de muñequitos Action Man en el escenario gigante. Las presentaciones de 50 minutos, causaron un impacto enorme.

-Estuvieron bien -dice Pete Townshend-. Manejaban al público de estadios mucho mejor que los Pretenders, que hicieron la gira anterior.

Para los Clash, fue una experiencia extraña. Paul le contó a Bob Gruen que sentía “que estaba haciendo playback, porque había demasiada gente. Al público no lo dejaban acercarse mucho; así que uno no recibía la misma reacción de parte de ellos”.

En la fiesta post-show, Andy Warhol se juntó con el grupo. Don Letts hizo de cuenta que le echaba ácido a la torta del festejo. Andy se espantó. Ese día, el jefe de producción de los Clash, Roger Goodman, había ayudado a colar unos 500 fans que el grupo había recolectado camino al evento. Un poco de la vieja actitud punk entre la seguridad del estadio, firmemente orquestada.

Los Clash todavía tenían por delante dos semanas de gira. Ya llevaban cuatro meses y medio de viaje. No habían descansado desde antes de la expulsión de Topper, en mayo, y fue un mes de inactividad forzada por la desaparición fingida de Joe. Desde ahí, hicieron unas 70 presentaciones con el regreso de Terry.

En el verano, la relación de Paul y Joe con Mick se había deteriorado más. Jones se había vuelto cada vez más solitario. Las giras le parecían complicadas, la mejor de las veces. También estaba la cuestión de su influencia menguante sobre el grupo, tras el regreso de Bernie. Aunque Mick acepta que no había otra opción, el despido de Topper había sido, en palabras de Jones, “otra decisión de la banda por la que me dejé llevar”. Eso significaba que las últimas tres discusiones grandes del grupo (la reincorporación de Bernie, la edición de Combat Rock por Glyn Johns y la expulsión de Topper), habían sido resueltas democráticamente a favor de Paul y Joe. Mick también se había irritado cuando no lo pusieron al tanto de la artimaña de la desaparición de Joe. Es totalmente probable que ahora el guitarrista sintiera que el poder del grupo residía en un eje emergente invencible: Bernie-Joe-Paul-Kosmo. Desde el regreso de Bernie, la desconfianza mutua con Jones era disimulada superficialmente. Ahora parecía que la relación de Mick con Joe y Paul estaba peor que nunca. Kit Buckler la describe como “casi una guerra declarada”.

Terry Chimes tenía una visión desde el costado del ring de la fisura creciente en el cuartel Clash.
-A esa altura Joe y Mick tenían una diferencia obvia de opiniones en una gama de cosas -dice-. Habían armado un sistema para no tener que enfrentarse todo el tiempo. Había evasión, lo cual tapaba el hecho de que había problemas más profundos. Pero estar de gira es un mundo totalmente distinto; es una cuarta realidad. Es fácil no estar cerca de los demás, salvo en el recital.

¿Mick estaba insufrible?
-Había momentos en que la gente lo podría haber acusado de ser un poco irracional -responde Terry-. Pero no era la gran cosa. Me acuerdo cuando pidió una banana en algún lado, y un chabón volvió y le dijo “No te la puedo conseguir, no hay bananas en este lugar”. Para conseguir una había que alquilar un auto. Mick se enojó mucho y dijo “lo único que quiero es una banana”. Así que el chabón le dijo “Mirá, te consigo una caja de whisky escocés”. Pero Mick le dijo “No quiero una caja de whisky, ¡quiero una puta banana!”. Se puso muy insolente, y yo pensé “No hay bananas; en lugar de eso comé melón”. Pero al final lo único que hizo fue gritarle al chabón.

Terry estaba bastante preocupado por la grieta creciente entre Mick y el resto del cuartel Clash, entonces discutió con Paul y Joe sobre eso.

-Les dije “Estoy seguro de que Mick es el mismo de siempre” -explica Chimes-. Pero ellos me decían “No entendés; vos no pasaste todos estos años con él como nosotros”. Sentían que ya no podían trabajar con él. Y yo pensé “Si no pueden trabajar con Mick, esto no es una banda”. Podés cambiar el baterista y nadie se va a dar cuenta, pero no podés cambiar una persona clave así sin que pase nada.

A fines de noviembre, los Clash se tomaron un vuelo al Caribe para tocar en el Festival de Música del Mundo en Montego Bay, Jamaica. Joe había seguido a Paul y se rapó más el pelo. Rude boys en su patria espiritual. La lista que tocaron se inclinó mucho a los temas reggae. Se transmitió en vivo por la radio local. El conductor halagó a Paul por su forma de tocar el bajo. Según Paul, la guitarra de Mick, cargada de efectos, no fue recibida con tanto entusiasmo.

El grupo pasó unos días y luego volvió a Londres. Hubo charlas para hacer una fecha en Cuba. Mo Armstrong, su amigo combativo de San Francisco, tenía contactos allá. Pero finalmente resultó ser imposible de organizar. En vez de eso, los Clash se tomaron su primer descanso en serio después de seis años. Al llegar 1983, no había nada de nada en la agenda de los Clash.

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