“La verdadera historia de The Clash” – Libro de Pat Gilbert, Parte 13

24 Abr

TRADUCCIÓN Y EDICIÓN: LEPO para Clashland y RadioValvular.

13. Secuelas

22 de diciembre de 2002. Viajar en auto desde Whitstable a Dover, normalmente lleva unos 40 minutos. Hoy es un poco más rápido. Johnny Green está al volante de su auto familiar. Yo voy en el asiento del acompañante. Johnny fue chofer de los Clash dos años, a fines de los ’70, y se nota la experiencia. Me da la impresión de que maneja el auto de una manera un poco similar a la del viejo chofer de Keith Richards en los ’60, Tom Keylock, a quien conocí una vez: firme, con pocos movimientos, suave, decidido. Estos chabones estaban acostumbrados a llevar un cargamento valioso y hacer que llegara a tiempo a destino.

Esta tarde nuestra meta es la casa de Topper Headon, en la periferia de Dover. Topper vive solo en una casa modesta, refaccionada. Es el tipo de lugar donde uno se imagina que viviría una pareja de profesionales jóvenes. Abre la puerta moviendo con esfuerzo a su perro Yowsah, que está en el pasillo. Luego nos guía hacia su living: limpio, aireado, con hileras de videos de kung-fu en un estante junto al tele.

Headon parece estar mucho más sano que en Westway to the World, filmado tres años antes. Anda con jean y una remera, y tiene el pelo casi rapado. Es amistoso y gracioso pero también nervioso. Un plato con comida pre cocida para microondas está intacto frente a él durante toda la entrevista, y fuma continuamente. Le lleva un rato relajarse y entrar en el ritmo de preguntas y respuestas.

Esta noche, Topper tiene que tocar con una banda local en un pub. Es la primera vez que toca la batería en 12 meses. Y antes había pasado años sin tocar.

-Me pongo muy nervioso -admite-. Toqué la Navidad pasada y ahora esta Navidad. Afuera del pub hay un cartel grande que dice “Nicky ‘Topper’ Headon de los Clash”. Esperan lo mejor. Yo pienso “¿Sabrán que ahora tengo 47 y que no soy un veinteañero?” Me duelen los brazos y no tengo resistencia. Después de cinco o seis temas, cagué.

Sobrevivir a los Clash, notoriamente, fue más difícil para Topper que para los demás. Después de ser despedido del grupo en mayo del ’82, su adicción a las drogas se volvió más debilitante. Mick tuvo que soportar la experiencia dolorosa de echarlo de una versión temprana de Big Audio Dynamite, por estar en tan mal estado. Varios intentos de Topper de armar bandas nuevas y sacar discos solistas (incluyendo Waking Up, de 1985), terminaron con horas de estudio desperdiciadas y adelantos dilapidados. Pero por lejos, lo que más malgastó Topper, fue su talento.

La salud de Topper preocupaba profundamente a sus viejos amigos. Los Clash le pagaron la rehabilitación en varias ocasiones, pero con poco éxito. Durante años, Headon llevó una vida miserable de falopero. En 1987, lo detuvieron por 18 meses, por proveer heroína. Al salir, Topper quedó reducido a manejar un radiotaxi para conseguir plata para drogas.

-Mi mayor arrepentimiento no es toda la plata que me gasté -dice-. Es no haber tocado la batería en 20 años. Eso es lo que me molesta de verdad. Podría haber sido uno de los mejores. Era uno de los mejores y lo eché a perder.

En los años recientes, Topper le estuvo ganando la batalla a las drogas. Actualmente está en buen estado. Incluso hizo un evento local al aire libre, a principios de 2004. Ocasionalmente hay referencias en la prensa a que maneja un taxi para vivir, pero desde que los Clash renegociaron en los ’90 el arreglo por su catálogo viejo, no hubo problemas de plata. Topper también hubiera andado bien con el single “Will 2K” de Will Smith, que sampleó mucho “Rock the casbah” y se volvió un éxito de ventas en todo el mundo en la víspera de las celebraciones del Milenio. Topper, obviamente, figura como compositor principal del tema.

El día de nuestra entrevista, los Clash todavía estaban debatiendo si iban a tocar en su ingreso al Salón de la Fama del Rock and Roll, en New York, en marzo de 2003. La noche anterior, Paul había recibido un fax de Joe, amenazando en broma con usar al bajista de los Mescaleros, Scott Shields, si se seguía negando a tocar. Hubiera sido la reunión que el grupo siempre sintió vergüenza de hacer. Hubo rumores habituales de una gira latente de los Clash desde principios de los ’90 y de hecho algunos informantes dicen que en verdad estuvo cerca de suceder en 1996, cuando los Sex Pistols se reunieron para la gira Filthy Lucre.

Dependiendo de con quién hablés, normalmente era con Paul o con Joe con quien no se llegaba a un arreglo. O con ambos. Al parecer, Paul estaba particularmente reticente a la idea. Su recelo era ideológico y práctico. Después de los Clash, había sacado un disco con un grupo nuevo, Havana 3AM, manejado en un principio por Bernie. Pero cuando murió de cáncer Nigel Dixon, el cantante de la banda (ex-Whirlwind), en 1993, Paul se dedicó exclusivamente a la pintura. Se esforzó años para forjarse la reputación de artista serio, y no la de una estrella de rock más que se hacía el pintor. Probablemente, lo último que quería era volver a los Clash.

-Creo que el hecho de que los Clash no se reunieran nunca, reforzaba la idea de lo que se trataba el grupo -dice-. Al final, era onda “a la mierda la plata; lo importante es la idea”. Fuimos un poco demasiado idealistas y nos jugó en contra. Me hubiera encantado tener un millón de libras, pero también me gusta seguir teniendo dignidad.

Las exhibiciones de Paul en Londres han tenido un éxito enorme, y piden sus obras por todo el mundo. En 2005, para sorpresa de muchos, volvió al mundo del rock al juntarse con Damon Albarn de Blur y Gorillaz para tocar el bajo en The Good, The Bad and The Queen, un proyecto melancólico de reggae y world music, centrado en el concepto de la vida en Londres en el siglo XXI. La última vez que lo vi, acababa de volver de pintar una serie de cuadros en España. Vive en Londres oeste con su esposa Tricia (quien maneja lo de los Clash) y sus dos hijos. Se separó de Pearl a fines de los ’80.

A Mick se lo considera el integrante más dispuesto a una reunión de los Clash. Prácticamente desde el día en que se fue de la banda, estuvo grabando o produciendo discos. Big Audio Dynamite, el grupo que formó con Don Letts, tuvo una trayectoria casi tan larga y fructífera como la de los Clash: ocho años y seis discos. A principios del verano boreal de 2004, lanzó una nueva agrupación: Carbon-Silicon, con su viejo amigo Tony James.

Obviamente, toda la música de Mick desde 1984, estuvo bajo la gran sombra de los Clash. El espectro de su exgrupo siempre tuvo una complicación agregada por la manera en que lo despidieron. No hay dudas de que lo sintió como una traición: dos amigos le dieron la espalda. Pero públicamente, las heridas parecían haberse sanado bastante rápido. En mayo del ’86, apenas seis meses después de la ruptura de los Clash Segunda Generación, Joe y Paul fueron invitados a aparecer como extras en el video de “Medicine show”, de BAD. Mick por fin se presentó en Top of the Pops un par de meses antes, promocionando el single anterior, “E=MC2”. Posteriormente, Joe y Mick trabajaron juntos en el disco de BAD No. 10 Upping Street, y siguieron componiendo juntos hasta 1998, cuando Joe estaba en la etapa temprana del armado de los Mescaleros.

Pero (como es de suponer) en privado parece haber un grado de amargura residual en ambas partes por la forma en que se terminaron los Clash. Circulan un par de historias distintas sobre reuniones de Joe, Mick y Paul para tomar algo y repasar los hechos de 1983. Una versión dice que Joe, borracho, se disculpó efusivamente con Mick, hasta que Paul interrumpió diciendo que no, que estuvo totalmente bien echarlo, porque estaba comportándose como un idiota. En otra versión Joe está igual de chivo y arrepentido, pero Mick dice “¡Sí! ¡Se equivocaron cuando me echaron! ¡Así que váyanse a cagar!”.

Estas historias pueden ser apócrifas. Pero podemos reconfortarnos un poco con el hecho de que Joe y Mick por fin hicieron las paces poco antes de la muerte de Joe. El estímulo fue cuando Mick se subió espontáneamente al escenario en la fecha de los Mescaleros a beneficio del Sindicato de Bomberos, en Acton Town Hall, el 15 de noviembre de 2002. Fue la primera vez que Strummer y Jones compartieron escenario desde el Festival Us de 1983. Tocaron “Bankrobber”, “White riot” y “London’s burning”. Cinco semanas después murió Joe.

Parece que ahora Mick le dio un cierre a la historia turbulenta de los Clash.

-Lo que pasó, pasó -me dice-. Estuvo bueno. Logramos algo impresionante. Tengo buenos recuerdos.

La chance de una reunión de los Clash finalmente se cortó con la muerte de Joe.

Después de que Topper y yo terminamos la entrevista, el 22 de diciembre de 2002, él se fue a preparar para su reci de esa noche y yo me volví a Londres a dormir. El teléfono sonó a las 2 de la madrugada. Era Johnny Green. El primer pensamiento que me cruzó por la muerte fue que le había pasado algo a Headon después del reci.

Pero no era Topper. Era Joe. Su corazón se dio por vencido. Luego surgió la información de que se debía a un defecto cardiaco congénito. En ese momento estaba en su casa de Somerset. Acababa de sacar a pasear a sus perros. Su esposa Lucinda lo encontró. Los informes dicen que murió tranquilo.

La noticia de su muerte estalló al otro día y llegó a los diarios en Nochebuena. Hubo una efusividad enorme de dolor entre la conmoción y la incredulidad generalizada. Tras desaparecer de la atención pública por casi una década (durante la cual apareció en un par de películas y compuso un par de bandas sonoras), Joe había vuelto a dedicarse full-time a salir de gira y a grabar con los Mescaleros. Recientemente la banda había terminado una serie de fechas por el Reino Unido. Nadie hubiera creído (por sus interpretaciones apasionadas y vivaces) que a Joe le quedaban solamente un par de semanas de vida.

Los chats de internet se encendieron con elegías al cantante. Había conmovido las vidas de cientos de miles de personas. Por la cantidad de recuerdos personales, parecía que había hablado prácticamente con todos.

La muerte de Strummer se publicó en todo el mundo y llegó a las tapas de varios medios gráficos. En más de un diario se lo llamó “el vocero de una generación” y “Rey del punk”. Su funeral, en Kensal Green, juntó a la mayoría de los personajes que aparecen en esta historia. Vinieron amigos de Estados Unidos, Japón y Europa.

El elenco reunido dejó en claro otra verdad: sobrevivir a los Clash no fue difícil solamente para el grupo. También fue difícil para muchos de los que trabajaban o se juntaban con ellos. La descarga de adrenalina de girar por el mundo con el grupo más fascinante de su generación, era tan intensa, que terminó, para algunos, con el bajón más grande de todos. Muchos describieron la experiencia como volver de una guerra. Les resultó difícil adaptarse a la vida civilizada. La percepción de lo que habían experimentado, coincide con la imagen cinematográfica de los Clash, y la visión vívida de Kosmo: el grupo como una hermandad que avanzaba bajo el fuego constante, turnándose, como en [la novela] El Rojo Emblema del Valor, para mantener flameando el estandarte. ¿Qué se podría a asemejar a ese tipo de entusiasmo, peligro y camaradería?

Atrás: Paul Simonon, Pearl Harbour. Adelante: Baker y Kosmo Vinyl en el Tren Bala de Japón, en la gira del ’82 – © Pennie Smith

Para algunos, el vacío post-Clash se llenó con años de alcohol y drogas. La heroína tiene un papel en muchas historias. Los que siguieron en el negocio del rock, se quejaban de que los grupos con los que trabajaban, nunca eran ni parecidos a los Clash. ¿Cómo iban a ser parecidos? Un par, especialmente Baker, eligieron desaparecer totalmente. Vive anónimamente e ignoró todos mis pedidos para entrevistarlo.

Después está el problema eterno de las compensaciones financieras y de otros tipos. La disparidad entre el séquito del grupo y los propios Clash, que Roadent notó que estaba surgiendo en 1977, en muchos casos es más grande que nunca en la actualidad. El grupo no es desconsiderado con eso. Johnny Green describió a los Clash como una “agrupación esencialmente honesta”, y off the record, habla de varias oportunidades en que los integrantes de los Clash ayudaron a viejos amigos en momentos de necesidad. Pero, como lo resaltaba Joe, los propios Clash nunca consiguieron la remuneración que disfrutaron otros grupos de nivel similar.

-Nunca vendimos tantos discos -explicaba-. Los Clash no son como las bandas punk actuales, como Green Day y Rancid, que venden 10 millones de discos, o algo así.

Quizás sea natural que prefiramos que nuestros viejos ídolos punk sean pobres. Los Clash no son pobres, pero tampoco son ricos como las estrellas pop. Nunca quisieron “jets privados ni casas en la Toscana”, ni jamás las consiguieron.

Parece que Kosmo lo resumió mejor. Poco después de que se separaran los Clash, aparentemente le confesó a Baker:

-Nos divertimos tanto robando el banco, que nos olvidamos de llevarnos la plata.

Pero, ¿y el legado más amplio de los Clash? ¿Qué significado tiene ahora todo eso? Claramente, la banda, en años recientes, se agregó al rango de los grandes grupos de rock perdurables. La beatificación llego quizás cuando “Should I stay or should I go?” llegó al puesto 1 en ventas cuando fue relanzada en 1991 tras ser usada en un comercial de Levi’s.

Hoy, se ve el Essential Clash a la venta en estaciones de servicio ruteras, junto a compilados de todos, desde Elvis hasta Blur. Revistas como la Rolling Stone, MOJO y Uncut categorizan al grupo junto a The Who, Bruce Springsteen, Bob Dylan, los Stones, The Beatles, Led Zeppelin, The Doors, Bob Marley y Pink Floyd como artistas destacados por su inteligencia, contenido, profundidad musical e importancia cultural.

El reconocimiento de su categoría de clásicos, se refleja en los galardones que tienen en sus salas de estar. En 2000, los Clash recibieron un premio Ivor Novello a la composición y, por supuesto, fueron agregados al Salón de la Fama del Rock en 2003. En junio de 2004, Mick aceptó de parte del grupo el Premio MOJO a la Inspiración, en la primera ceremonia de premios de esa revista. Se lo entregó, simbólicamente, Roger Daltrey.

Los Clash reciben el premio Ivor Novello – año 2000.

Semejantes glorias son muy agradables, por supuesto, pero a uno le da la impresión de que los integrantes del grupo no están totalmente cómodos con eso. Su integración a la oligarquía del rock clásico no dejó de lado cierta reticencia. Las ceremonias de premiación y la promoción del catálogo viejo siguen siendo zonas complicadas, especialmente para Paul. Ser parte del sistema era la antítesis del significado del grupo. Pero al mismo tiempo a nadie le gustaría ver a los Clash desaparecidos del mapa, y que se olvide todo lo que lucharon por lograr.

¿Y qué lograron? Muchas veces es imposible distinguir el impacto de los Clash y la influencia de los Sex Pistols, y del punk como un todo. La relación cercana entre Bernie y Malcolm, los Clash y los Pistols, significa que ambos grupos muchas veces, en el sentido amplio, representan la misma cosa. Pero al caminar por el Mercado de Camden en noviembre de 2003 con Johnny Green y Robin Banks, es claramente visible la impronta única del eje Bernie-Clash. Varias de las tiendas que visitamos pasan compilados de reggae de Trojan. El reggae y el dub alguna vez fueron un gusto adquirido por los pibes blancos, pero ahora se agregaron al catálogo de escucha obligatoria para estar a la moda. Actualmente todos tienen un CD de Lee Perry, King Tubby y Joe Gibbs. ¿Hubiera pasado eso si los Clash no hubieran hecho el cover de “Police and thieves”?

Después está la abundancia de pantalones de combate, remeras stencileadas, pelo parado y platinado, y botas Dr. Martens. El concepto del individuo como cartelera de ideas. Incluso hay a la venta imitaciones de la remera casera de Joe de las Brigadas Rojas: el terrorismo europeo de los ’70 como moda retro. Es raro ver turistas extranjeros que parecen una versión purificada del Paul Simonon del ’78. En algún momento de los ’90, el punk dejó de ser una filosofía y se volvió una moda consumista. Estos pibes deben haber oído hablar de Vivienne Westwood, pero ¿cuántos saben quiénes son Bernie Rhodes y Alex Michon?

Sería un buen concepto decir que los Clash empezaron queriendo cambiar la música, pero terminaron cambiando la cultura. Esto es cierto en muchos aspectos. En las primeras entrevistas, con Sniffin’ Glue y Melody Maker, el énfasis estaba en encabezar un ataque musical que barriera con los gigantes aburridos de la década anterior, creadores de óperas rock que habían perdido contacto hace mucho con sus seguidores. Había poco sentido del impulso para influenciar todos los aspectos de la vida y cambiar la opinión global. Pero uno puede argumentar que Bernie Rhodes siempre tuvo una visión más grande. Quizás él sí tenía objetivos más amplios para los Clash. Pero es casi imposible medir cuánta claridad tenía esa meta superior al principio.

Que el grupo cambió la música con más que una ayudita de los Sex Pistols (por supuesto), creo que es una verdad incuestionable. A un par de años de The Clash, prácticamente todo rockero blanco digno de respeto, trataba de encajarle un poco de reggae a su música. Hasta Mick Jagger. Solamente hace falta conseguir una copia de NME de 1975 y otra de 1979 para darse cuenta del efecto titánico que tuvo el punk en la manera de vestir y sonar de los grupos.

A qué punto cambiaron la cultura los Clash, naturalmente, es más difícil de sondear. Pero, nuevamente, muchos argumentan que su influencia fue enorme. Definir exactamente qué significa “cultura” siempre es complicado, pero si se piensa en algunos componentes principales de lo que la mayoría considera cultura (arte, moda, diseño, música, medios, política), se puede ver que los Clash directa o indirectamente tuvieron influencia en todo; especialmente en el después inmediato del grupo.

Políticamente, el impacto de los Clash fue sísmico. Al alinearse con tanto entusiasmo a Rock Contra el Racismo y la Liga Anti-Nazi, le dejaron bien en claro a todos su visión multicultural, en una época en que los problemas de inmigración y racismo estaban dividiendo peligrosamente el país. El hecho de que la rudeza de los Clash entusiasmara a una cierta casta de vándalos infantiles, significó que pudieran comunicarse con un sector de la sociedad notoriamente difícil de penetrar. Uno de los más grandes logros de los Clash puede haber sido simplemente convencer a decenas de miles de pibes británicos blancos en edad escolar (que de otra forma hubieran perpetuado las opiniones racistas de sus padres), de que la cultura negra era algo para aceptar y admirar. Y en Estados Unidos, los Clash pueden haber despertado a los adolescentes del Medio Oeste a ver las cosas terribles que su gobierno le hacía en su nombre a Nicaragua y El Salvador.

Es tentador ver a los Clash como los primeros rebeldes modernos internacionales post-contracultura, pero también tiene sentido verlos como la última bocanada revolucionaria de los ’60, al estar fermentados en el mismo ambiente de las facultades de arte que los Beatles, los Kinks y los Who.

Los Clash agarraron el bastón de la protesta gestual ostentosa que privilegiaba John Lennon (fan del grupo en sus últimos años). Demostraron que el rock podía (de nuevo) ser un agente de cambio, y que los grupos podían ser herramientas de la historia. Había que hacer música no por plata, si no para el bien común. Yo estoy de acuerdo con Bernie Rhodes: el pavoneo político de los Clash en el Parque Victoria y en el Festival Us ayudó a inspirar dos grandes eventos politizados y globales de los ’80: el Live Aid y el recital por los 70 años de Nelson Mandela. Difícilmente sea una coincidencia que [quienes armaron esos festivales] tanto Bob Geldorf como Jerry Dammers (otro protegido de Bernie) fueran fans de los Clash, así como el emergido Bono, ese personaje célebre de la política.

Esos shows fueron el principio de una cultura de unidad global, que creció rápidamente durante los últimos años gracias a internet, el email, los celulares y la tele por cable. Uno se pregunta cuánto más grande hubiera sido el impacto de los Clash si se hubieran formado ahora.

No hay dudas de que, incluso usando herramientas viejas como tocar en vivo y publicar discos en vinilo, los Clash politizaron a miles de individuos. Sus discos fueron clases de historia cultural, social y militar.

-Joe Strummer me cambió la forma de ver el mundo -explica Billy Bragg, cuya música de protesta en los ’80 le valió el apodo de “Clash de un solo hombre”-. Aunque toda esa postura de rockero rebelde podía ser una pose, Joe lo llevaba hacia una idea genuinamente revolucionaria.

Bragg dice que las opiniones políticas de muchas figuras de la izquierda contemporánea fueron moldeadas por el grupo.

Pero, por lejos, el mayor efecto que tuvieron los Clash en el mundo, es el más difícil de cuantificar. Es el impacto en la vida de cientos de miles de jóvenes comunes. Muchos desarrollaron un vínculo intenso con el grupo. Una sensación de pertenencia y de ser valorados. Eran como una familia para los insatisfechos, los desilusionados y los desposeídos. Los Clash se pueden haber comportado terriblemente con la gente que trabajaba para ellos, con la discográfica y a veces entre ellos mismos, pero nunca tuvieron más que respeto y amabilidad para la gente que les compraba los discos. Para los Clash, los fans eran (y todavía son) todo. Mick y Paul deben sentir (como Joe) que firmaron cada copia de cada disco que existe de los Clash. Pero aún así les parece esencial charlar amistosamente con los fans que los paran y firmarles cualquier cosa que les encajen en las manos.

Para Bernie, el manifiesto de los Clash era “representar a los pibes” y siempre se los va a recordar por hacer justamente eso.

-Su importancia fue llevarle la música al pueblo y hacer que volviera a ser algo íntimo -concluye Caroline Coon-. Por más grande que fuera su sonido, era música folk. La suya fue la música que caracterizó a su década.

*

Allá en la sala del primer piso del Groucho Club, en junio de 2001, mi entrevista con Joe se está relajando. A esta altura estamos los dos bastante bebidos. El escabio hace que Joe se ponga incluso más animado y apasionado.

-He conocido gente que cambió su actitud con el punk -dice.
Su voz a esta altura se está poniendo ronca y crujiente, como si chillara por un handy.

-Literalmente, ¡siento que los conocí a todos! -se ríe con su risa “jarg-jarg”-. “Y todos tienen la misma historia: les cambiamos la mente individualmente y eso afectó las decisiones que tomaron en sus vidas. No fue una cosa masiva, como una multitud atacando un palacio. Fueron muchos individuos que comprendieron algunas cosas sobre las que insistíamos. Con los Clash pasamos ida y vuelta por el infierno -añade, pegándole a la mesa con los puños-. Es increíble lo que pasamos para hacer los discos que hicimos. Poníamos el 110% todos los días. Pero cuando conocés a esa gente, la que te dice que les causaste un efecto en su vida, sentís que valió la pena totalmente.

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