La vida post-Clash de Topper Headon

28 May
A fines de los ’70, un baterista llamado Topper Headon entró a The Clash, la banda de rock más fascinante del mundo. Lo que siguió fueron cinco años de tocar, joder y drogarse sin parar. Pero hacia 1982, la adicción de Headon a la heroína estaba fuera de control, y el líder de los Clash, Joe Strummer, se vio forzado a echarlo. Entonces las cosas se pusieron muy feas. Hoy, reflexivo y sobrio, cuenta su extraordinaria historia.

por Mark Lucas – http://www.independent.co.uk (junio de 2009)

traducción: Lepo para RadioValvular.wordpress.com

El chofer K44 está sentado en un sillón hondo, con Yowsah, su bull terrier Staffordshire, recostado sobre su falda. Acariciando el perro, recuerda el trabajo de taxista que tuvo en Londres Oeste a fines de los ’80, para financiar su adicción a la heroína.

-Yo parecía la muerte -me cuenta-. Estaba manejando un Talbot Solara con el burro de arranque estropeado, y levanto una señora. Cuando estaba por entrar al auto le digo “Disculpe”, y le doy una escoba. Cuando yo girara la llave, ella tenía que pegarle al burro. El auto arranca y le digo “Bueno, suba. Acá está el plano, ¿sabe a dónde va?”

Hacia 1989, cuando el trabajo de taxista pasó a ser demasiado para él, empezó a tocar el bongó en el Subte de Londres. 

-Cada 100 personas que pasaban, una se paraba y preguntaba “¿Sos Topper Headon de los Clash?” -se encoge de hombros-. Yo tenía que decirles “sí, ahora hago esto”. Era muy humillante.

Han pasado más de 20 años desde que vi por última vez a Nick “Topper” Headon. Éramos compañeros en una empresa de taxis en Fulham, Londres Oeste, donde mi código radial era K42. En esa época, yo pensaba que Headon había llevado la adicción a la heroína a un nivel nuevo. No parecía capaz de manejar de ninguna forma un auto; y menos para ganarse la vida. Cuando leí su nombre recientemente en la prensa, me sorprendió que siguiera vivo.

En un día primaveral resplandeciente, sin embargo, al salir de la estación Dover, me viene a buscar en su Mini Cooper tuneado. Ahora, con 54 años, Headon sigue siendo menudo y delgado. Tiene un jean, una camisa a rayas y zapatillas; usa lentes con marco metálico, y su pelo puntudo, entrecano, está en retirada. Hasta que llegamos a su casa, tuve oportunidad de amoldarme a las otras transformaciones del hombre que conocí durante todos esos años. Antes tenía el aspecto flácido y cadavérico, con poca capacidad de conversación, de un adicto crónico a la heroína. Ahora me sorprende su sonrisa encantadora, sus anécdotas interminables y sus confesiones francas.

Topper en 2009.

Como para recuperar los años perdidos, Headon está apareciendo cada vez más en la prensa: trabaja con organizaciones benéficas para músicos locales, toca la batería para varias bandas y es vocero de la Fundación Hepatitis C, un virus que venció recientemente. Está por donar su Mini Cooper adorado para que lo rife la Fundación Strummerville, una ONG para músicos jóvenes. Para algunos puede parecer paradójico que Headon participe tanto de la organización que se armó en memoria del líder de los Clash, el fallecido Joe Strummer, quien lo echó de una de las bandas de rock más veneradas del siglo XX. Aunque ya era un consumidor frecuente, ese hecho impulsó a Headon a llevar su adicción a la heroína al nivel siguiente.

-Me clavaba agujas en el brazo. No lo había hecho nunca -dice, explicando que su despido se volvió una justificación-. Solamente un drogón puede pensar “Ya vas a ver, me voy a hacer mierda más que antes”.

A más de 25 años del hecho, sin embargo, el baterista tuvo mucho tiempo para reflexionar de quién era realmente la culpa.

-Joe no me hubiera echado si yo no hubiera sido un heroinómano delirante, que rompía cuartos de hotel, vomitaba y llegaba tarde a ensayar.

Durante el siguiente par de horas, se revela el viaje en caída libre, casi mortal, que tomó Headon, y su recuperación reciente.

Topper Headon sigue siendo un baterista sumamente subestimado, así que sorprende enterarse que llegó a la profesión por accidente. A los 13, una pierna quebrada le puso fin a sus ambiciones futbolísticas, y un médico le sugirió la batería como medio para descargar su frustración. En seis meses, ya estaba tocando para una banda de jazz en un pub de Dover.

Más adelante, cuando ya vivía en Londres con su flamante esposa Wendy, lo echaron de varias bandas por no pegarle lo suficientemente fuerte a los tambores: un legado de sus comienzos como jazzero. Una noche, ahogando sus penas en el Rainbow Theatre, conoció al guitarrista de los Clash, Mick Jones, que estaba en la búsqueda de un reemplazo para la batería.

Headon aceptó hacer una prueba, pero no se preocupó por ir. Ya había estado brevemente en la banda anterior de Jones, London SS, “pero todos tenían pelo largo y usaban tapados de piel y esas cosas”. Sin embargo, esa semana compró la edición de la NME:

-¿Y quiénes estaban en la tapa? Mick, Joe y Paul [Simonon, el bajista]. Y fue así: “¡Entonces voy en un minuto!”. Entré e hice “¡bang! ¡bang! ¡bang!”. Tuve que volver a aprender todo mi estilo para tocar.

Terminó con las manos llenas de ampollas, pero consiguió el trabajo, con un salario de 25 libras por semana [de 1977, 210 dólares actuales].

Ser parte de los Clash le significó a Headon tener que abandonar toda su vida previa. Había ido a la prueba con ropa casual y pelo largo. Volvió a su casa vestido de punk, con el pelo con puntas desmechadas. Lo siguiente fue cambiarle el nombre. Simonon lo rebautizó, porque le pareció que el baterista nuevo se parecía al Mono Mickey de la historieta infantil Topper.

-Yo me preguntaba: “¿Estaré haciendo una buena elección?” Hacía solamente una semana que estaba en la banda y ya había tenido que negar que estaba casado. Era bastante intimidante. Tenías que rechazar a todos tus amigos y ser parte de la pandilla.

No había lugar para el matrimonio de Headon, pero se aferró a la banda con dedicación. La vida se volvió un círculo interminable de ensayos y giras.

Pasó un tiempo hasta que su talento para la batería fue apreciado por completo por los Clash. Su fuerza y su resistencia eran obvias, pero su habilidad para el jazz, el soul y el funk, al principio no eran necesarias. Sandy Pearlman, productor del segundo álbum de la banda, Give’em Enough Rope (1978), quedó perplejo con Headon, y lo llamó “la caja de ritmos humana”.

-La verdad que en esa época estaba en mi punto más alto -recuerda el músico-. No pifiaba. Tocaba muy bien.

Headon fue empujando gradualmente a los Clash a tocar el tipo de música que le gustaba a él, pero también el resto de la banda lo introdujo al reggae.

-Me encantaba tocar, así que pensaba: “Bien, ahora voy a aprender reggae”. Yo era así. Tengo una personalidad adictiva. Lo único que hacía era tocar, tocar y tocar. Después salí de gira y descubrí el escabio. Lo único que hacía era tomar, tomar y tomar. Después Mick me hizo entrar a la merca y me la pasaba tomando merca.

Mientras hablamos de la gira de la banda por los Estados Unidos en 1979 (que un testigo describió como “un asalto comando de los Chicos de la Calle Bash”), llega el ex-productor de giras de la banda, Johnny Green, y se une alegremente a rememorar.

El telonero de la gira de los Clash era Bo Diddley. Una tarde, cuando el legendario rockero (ya fallecido), hacía su prueba de sonido, Headon saltó al escenario y tocó el ritmo típico de Diddley. Por dos noches, el baterista, motivado con cocaína y alcohol, tocó tanto con los Clash como con Diddley.

Inmediatamente, ambos entraron en confianza. Mientras el micro de gira iba cruzando por Estados Unidos, Strummer, Jones y Simonon se quedaban mosca en sus catres, pero Headon y Diddley se quedaban juntos bebiendo, aspirando cocaína y viendo la película Detrás de la puerta verde en la videocasetera del micro.

-Era porno artístico -nos cuenta Green, con seriedad.

-Gracias, Johnny -responde Topper-. Yo no veía cualquier porno.

A Headon le encantaba estar de gira, pero cuando los otros integrantes de la banda no tocaban, se retiraban a sus cuartos de hotel a leer o componer canciones solos. A medida que sus raíces punk le iban dando lugar al talento musical, se volvieron más críticos del comportamiento de Headon.

-Yo entendía su lógica -dice-, pero al mismo tiempo pensaba: “Bueno, yo no puedo juntarme con ustedes porque vuelven y se van directo a dormir”.

Headon, por el contrario, había llegado al punto en que ya se drogaba en vivo para poder terminar un show.

-Cada tres temas yo hacía… [hace la mímica de un redoble final], las luces se apagaban y mi asistente estaba ahí con un espejo.

Headon aspiraba una raya de cocaína y estaba listo para la canción siguiente.

-La banda se estaba hartando de que me drogara en vivo.

No entendía por qué se molestaban; él se había drogado también con todos ellos.

-Creo que nos dábamos vuelta todas las noches -recuerda-. Una noche venía Joe y nos emborrachábamos; a la noche siguiente venía Paul y yo me volaba la cabeza con él, y a la noche siguiente era con Mick. Yo pensaba: “Qué bueno, estamos todos de joda”. No me daba cuenta de que el único que estaba constantemente en esa, era yo.

La heroína rápidamente se estaba volviendo la droga elegida de los plomos, y Headon se lo tomó con el entusiasmo habitual. Más adelante, lo convocaban a reuniones de la banda, donde sus compañeros le decían que parara de salir con los plomos.

-¿Por qué? -preguntó.

-Porque cada vez que se rompe algo, los plomos dicen que vos estabas con ellos -le dijo Strummer.

Headon se volvió tan irresponsable y autodestructivo, que cuando se alojaban en los hoteles, Strummer, Jones y Simonon pedían no estar en el mismo piso que él. Pero el baterista, inconsciente, seguía cometiendo sus locuras.

La banda fue recibida con euforia al llegar a Japón en 1982, pero Headon, recién salido de una rehabilitación forzosa, estaba molesto de no encontrar drogas. El productor japonés lo convenció de que se saliera de su postura inicial de “Si no hay drogas no toco”, ofreciéndole oxígeno durante el recital, para que tuviera un estímulo constante.

-Así que llegamos a la prueba de sonido y había un tubo enorme -recuerda-. Vino una enfermera y me mostró cómo usarlo.

Con los músculos reoxigenados, podía seguir tocando con un vigor renovado.

-Pero en la fecha posterior a esa, corté la máscara y me puse el tubo en la boca.

Un técnico japonés lo bajó de su banqueta de un tacle repentino, y se armó una pelea entre los plomos y el personal local, hasta que alguien explicó en un inglés rústico: “Baterista… oxígeno… ¡explota!” El cigarrillo de Headon estaba peligrosamente cerca del tubo.

-¡Podría haber sido el primer baterista que explotaba en vivo! -dice Headon, parado, haciendo la actuación de los hechos.

Green afirma con la cabeza.

-Eso es la cima de la autodestrucción.

A esa altura, el toque de Headon se estaba viendo afectado de manera terminal por las drogas. Strummer decidió darle una última oportunidad en la fecha siguiente, que, para desgracia del baterista, era en Amsterdam.

-Yo no sabía que me estaban poniendo a prueba, ¿no? Yo no sabía que era mi última oportunidad -se ríe-, y corría por todas partes tratando de conseguir merca. Ellos estaban todos sentados en el camarín, peinándose frente al espejo de la pared, y yo entré y dije: ‘¿Puedo usar el espejo?’.

Sus compañeros lo miraron en silencio mientras él bajaba el espejo al piso y se arrodillaba para hacer unas abundantes rayas de cocaína.

El baterista quedó “suspendido” apenas volvieron a Londres. Hizo un esfuerzo para rescatarse pero al poco tiempo Strummer, borracho, le contó a un periodista que los Clash habían echado a Headon por drogadicto.

Unos meses después de estar en una de las bandas de rock más importantes del mundo, Headon vivía en una casa okupada en Fulham, helada y sin ventanas, mientras los Clash tocaban en estadios de los Estados Unidos, promocionando el single “Rock the Casbah”, una canción compuesta en su mayor parte por Headon, que tocó la batería, el bajo y el piano.

Hizo varios intentos de seguir con su carrera musical. Su amistad con Pete Townshend casi lo llevó a tocar la batería para The Who. En esa época, los Clash eran teloneros de la superbanda británica en el Estadio Shea, y Headon admite que le hubiera encantado tocar para la banda principal y sobrar a los Clash. Pero si tocar para los Who era una posibilidad real, Headon, fiel a su estilo, la masacró. Con el atuendo completo para tocar en vivo, trepó por una tubería de siete metros y medio, corrió por un techo y saltó al otro lado. Se despertó en el hospital con una pierna quebrada y un policía acusándolo de intento de robo.

-¿Vestido de rojo furioso? -preguntó.

Armó una banda con el bajista Pete Farndon, al que habían echado de los Pretenders hacía poco, por adicción a la heroína.

-Llamamos a Rob Stoner (adicto a la heroína) de la banda de Bob Dylan, y a Pete Townshend (adicto a la heroína casi recuperado) para que nos produjera. Después fuimos al funeral de Farndon. No es gracioso, pero a los dos meses de haber armado la banda, el bajista se murió. O sea, qué egoísta. Y Pete viene y me dice: “Vos sos el próximo”.

Poco después, Strummer echó a Jones de los Clash, y el guitarrista salió a buscar a su excompañero de banda. Mandó a un plomo a Fulham a que “secuestrara” a Headon y lo trajera a su departamento para meterlo en tratamiento en el instituto Priory. Después lo incorporó a su nueva banda, Big Audio Dynamite, y fue una noche que volvían de ensayar que Jones le contó a Headon una buena noticia: iban a recibir 200 mil libras de regalías de parte de los Clash. El equivalente a unas 750 mil libras actuales [un millón de dólares].

-Le dije “¡Nos vemos, Mick!”. ¿Quién quiere estar sobrio teniendo 200 mil libras en el banco?

La plata le duró menos de un año y medio, y a esa altura Headon se declaró en bancarrota.

-Mi dealer venía y decía “Me llevo la alfombra”, y la gran alfombra persa se iba por un gramo. Cuando fui a su casa, pensé “¡La puta que me parió! ¡Esta es mi casa!”

Headon quedó sentado en el piso de su departamento vacío, hipotecado, en Abbey Road, mirando un televisor blanco y negro.

En 1986 publicó Waking Up, un álbum que pasó muy desapercibido, en un intento de financiar su adicción. También se casó con su segunda esposa, Catherine, que trabajaba en la industria musical. Pero seis meses después de la publicación del disco, Headon fue detenido por proveer heroína, y lo sentenciaron a 15 meses de cárcel, que cumplió en la penitenciaría de mínima seguridad Standford Hill, en Kent.

-Fue horrible. Pero viendo el lado positivo, era fácil conseguir drogas.

Su carrera musical estaba terminada efectivamente. La poca energía que tenía, la usaba para buscar heroína. Cuando manejábamos, en esa etapa, aparecía solamente por el tiempo que le llevaba juntar las 25 libras [de 1987, 100 dólares actuales] que necesitaba para comprar drogas.

En el año 2000 se publicó el documental de Don Letts sobre los Clash, Westway to the World. Green, que había perdido contacto con Headon desde hacía mucho tiempo, fue a ver la película, que contiene entrevistas con la banda.

-Cuando Topper apareció en pantalla, el público se paralizó -recuerda.

La fuerza conductora de los Clash estaba titubeante y su forma de hablar era poco clara. Pesaba 45 kilos, y su aspecto se marcaba aun más por la camisa grande que le prestó Jones cuando Headon llegó a la entrevista con una remera llena de quemaduras de cigarrillos.

Con su segundo matrimonio en el pasado, Headon apareció en el hospedaje St. Mungo’s para personas sin techo, a pocos metros de la Westway, una autopista de Londres Oeste que los Clash nombraban como parte de su identidad urbana. Vivía a base de cerveza Special Brew en lata, complementada con dos visitas diarias a comedores sociales.

Hace una pausa. Estuvo tratando de echar luz sobre esa época, pero su historia se volvió más oscura, y lo mismo pasó con el humor en la habitación. Hasta ahora, sentí que para Headon era una catarsis contar su historia; pero este es un periodo de su vida que, incluso ahora, le cuesta superar.

-Me estuve riendo -nos dice, sacudiendo la cabeza-, pero esto fue… -se detiene a buscar la palabra justa, pero no consigue una que llegue tan lejos- …horrendo.

Volvió a Dover y pasó a ser el borracho del pueblo. Arrinconaba gente en los bares y le gritaba a los autos en la calle, hasta que el médico le dijo que su hígado estaba “sacudiendo la bandera blanca”. En algún momento, en los ’80, Headon había contraído hepatitis C (algo común entre los consumidores de drogas intravenosas), que puede causar cirrosis.

-Era la última de mis preocupaciones -dice Headon.

Volvió a la heroína hasta que volvió a aparecer el médico y lo convenció de que se mudara con sus padres y luego volviera a internarse en el Priory. Pasó por rehabilitación 13 veces, pero esta vez funcionó.

-¿Por qué? No sé. Algo pasó. Me volví a sentir parte de la vida. De ahí en adelante no consumí más.

Armó un grupo de Narcóticos Anónimos en Dover y uno de apoyo al portador de hepatitis C. El año pasado, hizo una pequeña aparición en vivo con la banda de Mick Jones Carbon:Silicon, para hacer un par de temas de los Clash.

En cuanto a la separación de los Clash, sabe que Strummer estaba disconforme con cómo se había transformado la banda. Tocaban en estadios, lo cual era la antítesis de la visión que tenía Strummer de cómo tenían que ser los Clash.

-Joe se puso a echar a todos los demás, en vez de simplemente irse él -dice Headon, que no le tiene rencor a Strummer por la manera en que lo despidieron. -No le quedaba otra -explica-. Yo estaba de estado. Éramos chicos -se encoge de hombros- ¿qué importa?

A Strummer realmente le importaba. Se culpó él mismo por el fin de los Clash, y admitió que la banda “nunca tocó bien en vivo después de que se fue Topper”. A posteriori, sin embargo, Headon está aliviado de que se haya terminado en ese momento.

-Fue lo mejor que podría haber pasado. Hicimos toda esa música fantástica y explotamos en la cima.

Sin embargo, admite que eso fue lo mejor para la banda, pero no necesariamente para los integrantes.

En 2002, Strummer hizo un único intento serio de rearmar los Clash para tocar al año siguiente en su admisión al Salón de la Fama del Rock and Roll. Jones y Headon estaban listos, Simonon estaba en contra de la idea, “pero Joe había llamado a otro bajista. Y después falleció”.

Una imagen de los Clash en 2001.

Hoy, Headon siente que por fin superó los cinco años que pasó con los Clash. Había cargado con la culpa por la separación de la banda, agravada por la declaración poco feliz que hizo en Westway to the World, de que si retrocediera en el tiempo, volvería a hacer lo mismo.

-Traté de explicar que cuando sos adicto a la heroína no elegís hacerte mierda la vida. Es inevitable.

En un momento, hablando de Strummer, Headon dice con convicción:

-Por merecimientos, tendría que haberme muerto yo.

De hecho, el baterista se ve notablemente bien. Está en buen estado físico y su alacena está atiborrada de suplementos vitamínicos. Cuando llega la hora de irme, me lleva a la estación, y hace una parada en el puerto de Dover para mirar los transbordadores que se van a Francia.

-Soy simplemente un hombre de mediana edad junto al mar -reflexiona.

Más adelante, le repito ese comentario a Green. El exencargado de giras de los Clash es displicente.

-Las estrellas de rock son como los católicos -me dice-. Pueden cambiar, pero siguen siendo estrellas de rock.

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