Lucinda Strummer: “oigo la voz de Joe”

21 Oct

En exclusiva, la viuda de Joe Strummer habla sobre su vida en un campo de las Sierras Quantock de Somerset, sin el instigador político del punk, que murió repentinamente a los 50 años.

Las cosas iban de parabienes para Joe Strummer, a fines de 2002. Había empezado a trabajar en un disco nuevo. El 15 de noviembre, él y su banda los Mescaleros, hicieron una presentación a beneficio del Sindicato de Bomberos, que estaba en huelga, en el Acton Town Hall, de Londres Oeste.

El excompañero de banda de Strummer en los Clash, Mick Jones, estaba entre el público y subió a tocar con Joe los clásicos clasheros “Bankrobber”, “White riot” y “London’s burning”. Era la primera vez que Joe y Mick tocaban juntos en casi 20 años. Fue la última vez que las dos leyendas de los Clash compartieron escenario.

-Yo no lo sabía en ese momento, pero fue el destino. No fue nada planeado -dijo Jones después de la noche histórica.

 

 

Seis semanas después del concierto, Joe murió. Con tan solo 50 años, falleció en su campo de Somerset, la tarde del 22 de diciembre de 2002, de un ataque cardíaco repentino. Había vuelto de pasear los perros. Su esposa Lucinda trató de resucitarlo cuando volvió a la casa y lo encontró desplomado en una silla.

Viviendo en su paraíso campestre con Lucinda, Joe se había vuelto “una especie de Rey Arturo punk, que gobernaba su campamento Camelot bajo los amplios cielos del Wessex Rebelde -escribió Stephen Dalton en la revista Classic Rock, agregando que Joe, en su reino rural, era “como Dylan en Woodstock: en Somerset en realidad nunca estaba fuera de servicio. Era más un rey exiliado a la espera de que lo convocaran para volver al trono”.

La reina Lucinda del rey Strummer está muerta de hambre porque su entrevista con el diario francés Le Monde se extendió 45 minutos de más y además, se levantó al amanecer para salir de su campo y tomarse el tren de Somerset a Londres. Acá ella tiene un cortejo glamoroso (aunque raro) con la prensa mundial.

Rubia y refinada, tiene el aspecto de una Brigitte Bardot del indie rock, mientras pasea despreocupadamente por la otoñal Marylebone. Hay un restaurante chino a la vuelta de la esquina, en calle Glentworth, donde quiere almorzar. Londres está lleno de recuerdos para Lucinda. Su esposo fallecido escribió muchas canciones inolvidables sobre esta ciudad.

Lucinda se acomoda en una mesa del elegante emporio chino y dice que le gustaría pensar que la muerte de Joe tuvo una razón, “pero no fue así”.

-Alguien me dijo que como Joe tenía un defecto cardíaco congénito, el hecho de que le costara subir escaleras y montañas, era una verdadera señal de que había algo mal.

Lucinda recuerda una gira con Joe por Portugal. Se había roto el ascensor del hotel.

-Estábamos en el tercer piso. Podía estar en el escenario más de dos horas, pero le costaba subir las escaleras. Ojalá yo hubiera sabido lo que sé ahora y hubiera ido a hacerse un chequeo -dice con tristeza-. Pero nunca vio a un doctor en todo el tiempo que estuve con él. Él no creía en los doctores. No creía en nada químico. Nunca tomó paracetamol. Ni siquiera Alka-Seltzer. Nunca se enfermaba. Realmente extraordinario. Era muy sano. Té de hierbas eternamente.

Ella está acá para hablar del disco nuevo que supervisó, con 32 canciones inéditas, titulado Joe Strummer 001. El box-set de lujo también contiene un libro de tapas duras súper copado, con fotos, notas y recuerdos del archivo personal de su esposo fallecido.

-Al comienzo, salieron a flote recuerdos enormes, porque el archivo no eran solamente las letras de Joe -dice Lucinda.

-¿Fue una catarsis?

-Fue catártico -responde-. Pero una parte fue dolorosa. Me topaba con una nota que fue escrita para mí, o un garabato: “Buenos días, nena. Me quedé despierto hasta tarde”. Así que por un lado fue catártico y por otro, revuelvo cosas para las que todavía no estoy lista -dice Lucinda sobre un hombre que murió hace casi 16 años y con quien se casó en 1995.

-¿Hay alguien que esté listo para que un ser querido no vuelva nunca; que se vaya para siempre? -le pregunto.

-No creo -responde-. Y además, por sus letras y por el hecho de que tengo tantos de sus monólogos, de todas formas es como si no hubiera muerto.

Comiendo su dim sum, Lucinda repasa su infancia en Londres. En particular, la zona donde se crió: Hammersmith.

Fue una infancia maravillosa, corriendo por esas calles, de las cuales algunas estaban en ruinas. Eran nuestros escondites. Eran nuestras plazas. Así que mi hermana y yo corríamos con unos nenes copados. Andábamos en bici. Teníamos una sensación enorme de libertad -recuerda Lucinda-. Y ahora vivo en Somerset, en un campo chico. Me encanta. Tengo una yegua, perros, gallinas’.

La yegua, que se llama Molly, tiene 22 años. Lucinda la tiene hace 11.

-La uso para ejercitar a los perros y explorar las sierras. Puedo andar kilómetros y kilómetros y kilómetros. Vivo en las Sierras Quantock -explica Lucinda del famoso cordón del que se dice que en un día despejado, desde la cima, se puede ver hasta Gales (al norte y al este) y la sierra Glastonbury Tor, donde todavía vive el espíritu de su esposo muerto.

El fogón de Joe, “Strummerville” [Villa Strummer], en el backstage del festival Glastonbury, se volvió leyenda, con gente como Damien Hirst [coleccionista de arte inglés] y Shaun Ryder [cantante de Happy Mondays], entre otros que caían a divertirse.

-Las Sierras Quantock son hermosas. Hay praderas, bosques antiguos, arroyos y ningún alambrado ni cercos. Podés cabalgar kilómetros. Así que allá hay paz.

Lucinda sabía relativamente poco sobre la superestrella de los Clash, Joe Strummer, antes de conocerlo en 1993.

-Él estaba viviendo en el campo de una amiga, en Hampshire. Me fui a quedar con mi amiga Amanda. Mi hija Eliza tenía un año. Amanda me dijo “Metete al auto. Vamos al parque de diversiones de Andover”. Era un día gris, triste, lluvioso de mayo. Después dijo “Voy a ver si quiere venir Joe”. Fue hasta la casa de él y Joe más adelante me dijo que no sabía por qué había dicho que sí, porque él ya había ido al parque con sus nenas (Jazz y Lola, hijas de Gaby Salter), y sabía que era bastante pedorro -Lucinda se ríe-. Así que se metió al auto y Amanda simplemente dijo “Joe, ella es Luce; Luce él es Joe”. Y eso fue todo.

-¿Qué fue?

-Me enamoré totalmente -dice-. Vi esos ojos y me enamoré. Tenía una voz magnética. Tenía esa personalidad que te atraía y te hacía sentir especial, inteligente, interesante, hermosa. No sé qué era. Joe era todo.

Lucinda estaba viviendo en Londres, pero terminaron alquilando una cabaña chica, juntos, “en medio de todo”, en todo sentido, porque el matrimonio de Lucinda con su esposo James, estaba “avanzando con dificultad hacia esa tierra de nadie de la convivencia”, mientras que la relación de Joe con su pareja histórica, Gaby, estaba en un punto similar de infelicidad.

-A Joe le interesaba mucho la naturaleza. Definitivamente era un poco hippie. En ese entonces no estaba creando música. Seguía dolido por la falta de apoyo que tuvo Earthquake Weather -dice Lucinda, refiriéndose a su disco solista de 1989.

 

En 1994, años después de que se separara su banda, a Joe le ofrecieron millones para que reuniera a los Clash para el festival Lollapalooza de Estados Unidos. Joe rechazó la oferta basándose en que, según dijo, “si te dan a elegir cinco millones de dólares para matar a un artista o vivir como artista para siempre, tal vez elijas la segunda opción”.

La poco afortunada formación final de los Clash se había desintegrado en 1986 y él armó los Mescaleros en 1999.

-Así que la música no estaba en la agenda para nada durante los primeros años que estuvimos juntos. Salíamos bastante. Él siempre estaba escribiendo; simplemente no había música para acompañar eso. Nos divertíamos. Me presentó con sus amigos de New York, Los Angeles y París. Su círculo no terminaba nunca -dice Lucinda.

Strummer, Joe & Jarmusch, Jim & Stummer, Lucinda

Al preguntarle qué aprendió de Joe al revisar sus archivos, Lucinda dice:

-Me enamoré más de él y me asombró más, porque vi la profundidad de su pasión por la gente y su humanidad y su sabiduría increíble en lo que dejó. De repente me di cuenta de que cada bolsa representaba una época. Cosas que descarté como basura, porque ocupaban mucho lugar en la casa, o porque tenían encima un sandwich a medio comer, o lo que fuera. Me di cuenta de que había un método en su locura -dice-. Él decía “No toqués nada. Yo sé dónde está cada cosa”. Después pude apreciar que él tenía una capacidad enorme de absorber con la mente todo lo externo. No como yo, que tenía que compartimentar todo.

-¿Cómo era para convivir?

-Era un ave nocturna y era divertido. Así que funcionaba; porque yo me levantaba temprano para llevar los chicos a la escuela; hacía mis llamadas telefónicas. Soy muy organizada. En la relación yo era su contadora, por decirlo así. Joe vagaba desde las 11:00 de la mañana hasta la 1:00 de la tarde, dependiendo a qué hora se había acostado. Después almorzábamos juntos. Él amaba a sus perros. Le encantaban sus caminatas por el campo. Y después se metía al estudio y desaparecía. Resurgía “para comer o tomar el té” -se ríe-. Era divertido vivir con él. Me acuerdo que un día que nos despertamos y era una mañana hermosa. Mi hija tenía cinco o seis, y Joe dijo “hoy nadie va a la escuela. Nos vamos a pasar el día a Cornwall”. Vivía el momento.

-Lucinda, ¿vive el momento?

-Ojalá. Lo intento. ¡Sí que lo intento! Escucho la voz de Joe todo el tiempo, diciéndome: “Dale, vamos, decí que sí de una. A la mierda, ¿por qué no?”. Y eso es lo que nos debería enseñar su muerte temprana. Tenía 50. “¡Dale, decí que sí!” -dice Lucinda, recordando al amor de su vida.

Lucinda, Joe, Jesse Malin (solista de rock) y Bill Flanagan (escritor) en New York. 27 de noviembre de 1999.

-¿Tus padres querían a Joe?

-Lo amaban totalmente. Todos lo querían -dice Lucinda, agregando que la pasión de su abuela Daphne eran las carreras de caballos, y cuando Joe la conoció, ella estaba sentada con el televisor prendido, viendo carreras.

-Joe se sentó a verlas con ella. Le pregunté “¿sabés algo de carreras de caballos?” Y él dijo “¡No!”.

Le pido a Lucinda que recuerde el día posterior al funeral, cuando cerró la puerta y quedó sola.

-Hice que mis amigos se quedaran conmigo mucho tiempo; unos tres años -dice. Con lágrimas brotando de sus ojos, continúa: -Todavía siento su presencia ahí, definitivamente. Fue muy traumático porque no era esperable que Joe muriera. Simplemente volví y lo encontré muerto. Fue un shock tremendo. Y lo sigue siendo. No era algo esperable. Tenía buen estado físico. Tenía buena salud. Era vegetariano. Comía pescado graso. Le gustaba el vino.

21 de septiembre de 1999.

-¿Recuerda su última conversación?

-No en particular -dice con la voz entrecortada-. Le estábamos por dar un pony a Eliza para Navidad. A pocos días de morir, habíamos estado en Londres visitando a sus chicas [Jazz, que en ese entonces tenía 18, y Lola, 16] y a Gaby, la madre de ellas, y a los padres de Gaby. Éramos todos muy unidos. Era nuestro almuerzo anual de Navidad, en Kettner’s, en la calle Greek del Soho. Él había estado trabajando en los Estudios Rockfield con los Mescaleros. Había estado de gira. Estaba cansado. Al mismo tiempo había relanzamientos de los Clash.

Lucinda vive sola en el campo de Somerset, pero en cierto sentido rara vez está sola:

-Joe aparece en mis sueños.

En los sueños, Lucinda dice que está “siempre tratando de encontrarlo. O aparece un rato y después tengo que ir y encontrarlo”.

joe-strummer 4 de abril 2000

-¿Alguna vez lo encuentra?

-A veces sí, pero muchas veces está ocupado o preocupado, o con alguien.

-¿Él era así cuando estaba vivo?

-Sí. Gran parte de nuestra vida era así. A Joe le encantaba la gente y yo tenía que compartirlo con todos. A veces era muy difícil. Él tenía tiempo para todos.

-Tal vez sabía que no estaba destinado a una vida larga -le digo.

-Tal vez lo sabía y simplemente quería sacar lo máximo de todo. Los tibetanos dicen que uno nace con una cantidad determinada de respiraciones y todo depende de cómo uno las use, ¿no?

Joe Strummer y su gente. 11 de abril de 2002.

Lucinda dice que ahora ve y hace cosas y quiere “contarle a él. Todavía le hablo, por supuesto”.

-¿Qué tipo de conversaciones tienen con Joe?

-Charlas simples, la verdad. Siento consuelo, supongo.

-¿Joe responde?

-No siempre. Simplemente siento consuelo en eso.

-[El artista] William Blake creía que podía hablar con cualquiera simplemente pensando en ellos -le digo.

-Creo que en la vida es cuestión de sacar afuera las cosas de tu propio pequeño universo. No importa si es Joe o sea quien sea con quien hablés (un padre fallecido, o Dios o Jesús o lo que te guste), simplemente lo sacás de tu pequeña órbita y lo propagás. Y con suerte, vas a estar más dispuesto a recibir a una respuesta -dice la Reina Strummer antes de tomarse el tren para volver nuevamente a su Camelot de Somerset.

Por Barry Egan para Independent.ie (Irlanda) – 1 de octubre de 2018-. Traducción: Lepo para RadioValvular.

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